Mostrando entradas con la etiqueta leer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta leer. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de mayo de 2012

Declaración de los testigos

En las novelas de Lobo Antunes el tiempo no suele existir. Todo transcurre en un instante como en Exhortación a los cocodrilos, o en el espacio que ocupan los pensamientos de alguno de los personajes, o del narrador, sea este quien sea. En las novelas de Lobo Antunes no existe una "trama" al estilo convencional, pasan y no pasan al mismo tiempo múltiples acontecimientos. Las novelas de Lobo Antunes no son, por así decirlo, novelas. Son delirios con algo de estructura, en los que algunas  voces hablan al vacío y cuentan y se cuentan, intentando que en ese flujo de palabras se solidifique algo parecido a un sentimiento, a cierta claridad en el laberinto de tiempos y hechos, a algo que, si no es cierto, tiene la misma apariencia, pesa lo mismo y tiene la misma densidad de aquellas cosas que no nos atrevemos a decir pero que nos definen.
En ¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar?, Lobo Antunes parece re-escribir una de sus primeras novelas, Auto de los condenados. La historia es similar, la inminente muerte de la matriarca de una familia reúne a sus hijos a la espera del desenlace en una tarde donde los recuerdos sobre el pasado de todos ellos dibujan un panorama bastante desolador. Pero el tono de esta historia es marcadamente diferente de aquel auto de condenados en el que era el patriarca el moribundo. Allí dominaba la rabia y una sátira feroz sobre una clase social muy próxima al escritor. Hechas todas las cuentas, el Lobo Antunes de estos caballos mira a sus personajes desde una perspectiva diferente, mucho más humana. Los protagonistas van pasando por las hojas de la historia declarando como si fueran testigos de una causa general contra su vida y su situación. El tono general es de derrota, el de un presente en ruinas que mira a un pasado adinerado pero no mejor en el recuento de emociones. Nos hablan, diciendo de forma clara que es otro, el propio escritor, el que les hace hablar, tres de los hijos: Francisco, el mayor, deseoso de quedarse con los restos de la fortuna familiar; Ana, drogadicta, y Joao, homosexual que busca "niños", como el mismo afirma. Son seres torturados, terribles, que intentan avanzar aunque se confiesan perdidos sin remisión, hundidos en ese mar sobre el que esos caballos hacen sombra. Las suyas son vidas deshechas, en el fondo y en la forma de una prosa rota, que se confunde, se re-escribe, busca el pensamiento y divaga, da vueltas y más vueltas perdida en un laberinto de tiempos que se superponen, como las propias voces que buscan un espacio desde el cual entender. Junto a estas voces principales, se nos muestran muchas otras: la madre moribunda, el padre ya fallecido que dilapidó la fortuna familiar, una hermana difunta, la criada que lleva toda la vida con la familia, conformando un mosaico que es un sumario imposible de entender, claro que no hay nada que entender.
La prosa de Lobo Antunes es como adentrarse en la jungla, no es fácil avanzar, no tiene ninguna regla ni atajo, al leer avanzamos de forma penosa a veces, ligera otras, y siempre descubrimos en el camino maravillas, imágenes, frases, ritmos hipnóticos, un dechado de tesoros que nos hacen movernos a través de esas vidas tan profundamente infelices que sin embargo, y pese a todo, siguen buscando algo intangible pero necesario, cierta dignidad, cierta necesidad de contarse como ciertos. Algo de verdad.

viernes, 23 de marzo de 2012

La feliz edad



Hay libros que consiguen unir extremos en principio irreconciliables. Libros que son al mismo tiempo amargos y tiernos, terribles y hermosos, tristes y sin embargo luminosos. Algo de eso le sucede a La máquina de hacer españoles, de Valter Hugo Mae (Alfaguara), en la cual al protagonista, Antonio Silva, portugués de ochenta y cuatro años, se le jode la vida irremediablemente al principio de la novela: muere su mujer, con la que ha pasado prácticamente toda su vida, y al poco tiempo es ingresado en una residencia para ancianos donde ha de disfrutar de esa "feliz edad" que le resta. Antonio, al principio se rebela contra ese destino ingrato pero con el paso de los días experimentará emociones que el pensaba impensables en su posición, revisará la historia de su vida y sus decisiones (y de forma paralela la de su pais), y acabará encontrando en los demás algo que no buscó nunca, una especie de orgullo herido (de muerte) que se convertirá en aliado de los días que le quedan.

Mae ya publicó en castellano El apocalísis de los trabajadores (Alpha Decay), otra historia sobre el desencanto y la vida cotidiana en el Portugal de ahora mismo (que es, en realidad, todas partes). De nuevo, aquí, pone su mirada y su prosa en personajes humildes sobre los que traza el día a día del final de los días, la búsqueda (a veces inconsciente) de asideros del corazón para poder seguir avanzando. Aquí añade una especie de resumen y ajuste de cuentas con el tiempo de la dictadura de Salazar y la actitud de lo que llama "hombres buenos", con ese miedo a todo y a todos que nos acaba volviendo verdugos de los demás y de nosotros mismos.

Aunque he leido que Mae escribe a la manera de Saramago, en mi opinión comparte solo con el la mirada compasiva a aquellos de los que habla. Su escritura es muy hermosa, llena de imágenes y de ideas, y aunque sus tramas acaban siendo casi lo de menos, consigue llevarnos al centro de las vidas de unos personajes que duelen por ser como somos. De entre los jóvenes (o no tanto) escritores portugueses como Gonçalo Tavares o José Peixoto, Mae tiene una voz que merece ser escuchada, saboreada y recordada.

viernes, 2 de marzo de 2012

Pesadillas


El protagonista de Birlibirloque (o Hocus Pocus, como también se ha llamado, siendo fiel al título original), parece un adicto a la estupidez humana. Pero claro, dado que ésta abunda tanto, la verdad es que no hay que esforzarse mucho por encontrarsela. Así, Eugene Debs Hartke, por azares de la vida (y por culpa de una Feria de la Ciencia) se enrola en el ejercito de los Estados Unidos y acaba en Vietnam hasta que comenzó a salir excremento de los acondicionadores de aire, para luego ser profesor de física en un colegio de niños ricos con problemas de aprendizaje, profesor de "salvese quien pueda" en una carcel, alcalde de un pueblo fantasma y finalmente encontrase encausado por dirigir supuestamente una fuga multitudinaria de presos. En todas estas etapas Eugene se encuentra una y otra vez rodeado de la ferocidad de la estupidez que se repite sin cansancio. Él cuenta su historia desde la biblioteca de la que fue en origen esa escuela de niños ricos, ahora convertida en una nueva prisión, y su realidad, que daría para una tragedia pasada de rosca, esta teñida de un humor negrísimo que nos inquieta por que nos retrata con una claridad de detalles dolorosa.
Pocos escritores han contado con tanta furia y tanto vitriolo la sociedad norteamericana como Kurt Vonnegut. Este tipo, que sobrevivió al bombardeo de la ciudad alemana de Dresde y lo contó como sólo puede contarse el absurdo del horror en Matadero 5, ha sido siempre un cronista marciano y a contra corriente Utilizando recursos que van de la ciencia ficción a la disgresión histórica para enseñarnos que no hay nada inventado y que, además, da mucho apuro esto de ser un ser humano, como nos dice el protagonista, recorre la historia reciente de su pais desde una realidad alternativa que es la misma en la que vivimos con todos los detalles en colores brillantes, y nos recuerda, por si se nos había olvidado, que no hay donde agarrarse para salvarnos.
Ya se que los tiempos no están para alegrías (al menos, eso nos dicen), pero nunca está de más mirar las cosas y a las personas con la lupa de aumento de la ironía y el humor, y el que éstos sean tan negros como los de Vonnegut, y que la sonrisa se nos congele como cuando vemos las viñetas de El Roto, no hace sino confirmar que deberíamos leer a este autor por que, sea cual sea nuestro futuro, Vonnegut ya ha estado allí y se pudo reir de lo que vió como un poseso.

martes, 14 de abril de 2009

Morir


¿De que va Y si me gustara morir, de Rui Cardoso Martins? Después de haberlo leido no lo tengo nada claro y esto es al mismo tiempo una virtud y da pie a mucha confusión. ¿Es una historia sobre suicidas y sus razones? ¿Sobre la vida de unos chavales en el Alentejo, en cualquier ciudad de provincias de España, en todas partes, ahora mismo? ¿Es un libro sobre lo que duele vivir? Cardoso Martins cuenta todo esto y muchas más cosas, historias que se mezclan alrededor de un personaje central, Cruceta, un tipo al que le obsesiona la muerte que impregna cada capítulo, cada párrafo. Esta es una historia de historias, una radiografía del mal rollo, una suma de ideas que chocan entre si como si una suma de ruidos se convirtiera en música. Aquí aparece un Portugal que es como nosotros somos, el peso de una Historia que es como el peso de un horror pasado que se suma a un horror presente, vacío, un horror contado con una prosa brillante y ágil que se apoya en muchos lenguajes y formas, y que muestra con precisión dolorosa las esquinas que nos forman y nos duelen
Es un libro que rebosa dolor, sí, pero también un humor negro negro, una mezcla que deja en la memoria unos posos amargos y duraderos. Es un libro extraño, excesivo, carrusel, laberíntico, desequilibrado y adictivo.

viernes, 10 de abril de 2009

Guerra


Ayer terminé Arbol de humo, novelón del norteamericano Denis Johnson que cuenta una extraña pero intensa historia de hombres perdidos con los años sesenta, y en especial con la guerra de Vietnam como paisaje externo e interno.

La historia sigue a un conjunto de personajes que han de luchar consigo mismos y con lo que les rodea, la realidad de una guerra que se dibuja como una alucinación, un infierno sin fisuras que acaba deborándolos a todos, aunque a cada uno de manera personal. Tenemos a William "Skip" Sands, aprendiz de espía con buenos sentimientos al que los matices y la sombra de su tío, el coronel Sands, un héroe de otros tiempos en la guerra equivocada, acabará destruyendo. Su peripecia se inicia en las Filipinas, en los primeros años sesenta y pasará por Vietnam hasta llegar a Malasia en un descenso que busca la redención. También está james Houston, un chaval que no sabe que lo es hasta que aterriza en Vietnam con 17 años y que cambiará para siempre cuando el horror llegue para quedarse. Y tenemos a muchos personajes alrededor de estos tres que dibujan un mundo enloquecido y febril.

No creo que esta sea una novela sobre la guerra de Vietnam, más bien creo que cuenta Vietnam como una forma de mirar, un vacío permanente donde todo el mundo miente, una herida sin cura posible, una búsqueda de alguien que guie a los perdidos, un padre que no está o alguien que no esté loco ni enfermo. Estos paisajes son contados con una prosa potentísima que te deja bien claro desde el principio que las cosas son difíciles, retorcidas, terribles, y que no va a hacer nada por hacer la aventura más agradable.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Oficio de memoria


Cuando perdemos a un ser querido hay varios grados de pérdida. Uno de ellos es la pérdida de la memoria. Esa persona es, en sí misma, un recipiente de memorias que tienen, seguramente, un sentido. Quién es el que recuerda, los que vivieron con él, los acontecimientos de su vida y cuál fue su propósito. Todo eso forma parte de nosotros y de los que nos rodean, todo eso o al menos parte de eso puede perderse cuando muere el depositario de esa memoria.
De esa pérdida habla, entre otras muchas cosas, Philip Roth en Patrimonio, historia de la muerte de su padre y de cómo se fue acercando a Herman Roth, a su vida y su enfermedad. A Herman Roth le diagnosticaron un tumor cerebral a los 86 años y, a partir de ese momento, toda su vida se concentra en seguir adelante. Nada extraño en él pues toda su vida se había caracterizado por la determinación feroz de salir adelante, vivir, seguir viviendo. Ante la enfermedad y el final de su padre, Philip Roth se ve abocado a un proceso doloroso de entendimiento y memoria, entendimiento de su propia identidad y de la relación con su padre, memoria de lo que éste ha sido y de lo que significa todo eso para él. El retrato de Roth de esos últimos meses contiene muchos detalles, a veces humorísticos, a veces amargos, sobre Herman Roth, su caracter, el hecho de ser judio, la terrible apisonadora de la vejez, la altura con la que miramos al mundo cuando somos jóvenes o ya en la madurez. Histora de momentos, de palabras difíciles de escribir, de cómo contar lo que no queremos contar, hecha de una prosa límpia y afilada, contada con rabia, con dolor, con afecto, con elegancia.
Este es un libro hermoso, extrañamente cercano y verdadero, no sólo por que lo que nos cuenta ha pasado sino por que su vocación es la de ser fiel a los hechos, por muy doloroso que esto pueda ser.

domingo, 19 de octubre de 2008

Historias


A veces se me olvida que la Historia está hecha por hombres y mujeres. Cuando uno lee sobre Historia, la nuestra o la de otros, a veces piensa en una serie de acontecimientos, batallas, tratados, banderas, crisis y resurrecciones, toda clase de cosas pero no siempre personas. Por razones diversas, en los últimos tiempos me he visto enfrentado a una visión de la Historia a pie de obra, de una conversación con aquellos que sufrieron los momentos decisivos de un tiempo que se ha convertido en el nuestro. Entre esas historias, dos me han llevado hasta los Estados Unidos. Una de ellas ha sido el libro Soñando América, de Russell Banks (Bruguera), y la otra ha sido la serie John Adams. En ambas se cuenta el origen de los Estados Unidos de América, un país resultado de una mezcla de intereses y oportunidades. Si el libro de Banks es una mirada lúcida y precisa sobre los matices del corazón norteamericano, la serie retrata el carácter de uno de los "padres de la patria" americana, John Adams, y las contradicciones y sacrificios que marcaron su vida.
Banks habla de los conflictos internos de los norteamericanos, de sus contradicciones fruto de la imposible convivencia de su idealismo religioso y su materialismo mercantil, del mito fundacional del Sueño Americano y de su metamorfosis hasta la esquizofrenia actual. John Adams cuenta esta fundación desde lo pequeño, desde los acontecimientos y conversaciones que están detrás de la independencia americana. Tanto en la serie como en el libro se cuenta que la historia de como surgieron los Estados Unidos se ha olvidado, y en su lugar se han construido varias mitologías más o menos cercanas a lo que pasó. No parece que los americanos de hoy estén muy por la labor de revisar con cierto escepticismo cuánto hay de cierto y cuanto de narrativa cinematográfica en su génesis. Pero creo que esa mirada hacia atrás es necesaria para clarificar los males de este pais (y, por extensión, de cualquiera).
Ambas, el libro de Banks y la serie de HBO, son en mi opinión magníficas, y demuestran que, pese a todo, todavía hay entre los norteamericanos una voluntad crítica.
Me temo que en el caso de nuestra historia esfuerzos similares son muy costosos y parecen brillar hoy por su ausencia.

sábado, 19 de julio de 2008

Genero y números


Leo en el Babelia de hoy un par de artículos sobre la extraña situación del género de ciencia ficción en la actualidad. Las ideas que transmiten los autores son un poco pesimistas y están relacionadas con la ausencia de figuras relevantes en la ciencia ficción tras la desaparición de los grandes maestros y en que la ciencia va cada vez más rápida y se convierte, no en una visión de un futuro más o menos lejano sino en el paisaje cotidiano.
Además, parece que otros géneros más o menos emparentados como el fantástico están copando a los nuevos lectores (¡gracias, Harry Potter!), y casi me atrevería a decir (aunque lo diré en voz baja) que el adjetivo "ciencia" del nombre de este genero no ayuda precisamente a captar a jóvenes que quieran leer, quizá pensando en que lo que se les ofrece es un árido y pesadísimo tratado de cosas incomprensibles. La fantasía, aunque enraizada en un contexto más o menos científico, acaba deslizándose en la mayoría de los casos hacia terrenos de naturaleza mística donde lo sobre-natural es lo que mola.
No se si relacionar dos artículos del mismo periodico leídos el mismo día, puede ser un buen ejercicio pero el caso es que, por casualidad, leo también hoy que un análisis de los resultados de selectividad de este año dejan claro que los examinados tienen un bajo nivel de matemáticas (y de ciencias en general).
Sí, ya se que se lee ficción por muchas y muy diferentes razones pero, puestos a relacionar, si un alumno medio de bachillerato le tiene tirria a las ciencias duras en general, veo improbable que se decida a leer historias donde esa misma ciencia que no le gusta es uno de los elementos de la historia.
Será que, después de todo, las ciencias están de capa caida por que no sabemos enseñarlas, o transmitir su encanto y su necesidad, su belleza y poder. Será que el alumno de bachillerato medio, en el caos nada tranquilo de su vida y sus gustos, se decanta por leer aquel o aquellos libros que le cuentan el mundo desde la altura de su mirada (sus problemas, fantasías, lo que sea), y en esa mirada no está nada que tenga que ver con la ciencia.
Y es una pena por que entonces se está perdiendo mucho de la belleza del mundo, se está perdiendo Fahrenheit 451 y Crónicas Marcianas, se está perdiendo el ciclo de la Fundación, y El Juego de Ender, y también La máquina del tiempo, y Neuromante, y muchas otras novelas que, aunque lleven la etiqueta de "Ciencia Ficción", no son sino historias sobre nosotros, sobre el ahora, precisamente sobre lo que vemos a la altura de nuestra mirada.

domingo, 6 de julio de 2008

Monstruos


De chaval me encantaban los libros de Stephen King. Los leía en verano, casi de forma compulsiva. Comencé por Cujo, que no acabó de gustarme, continué con Carrie, y a partir de ahí seguí leyendolo, primero en bolsillo, en la colección Los Jet de Plaza y Janés y en Grijalbo, después me pasé a la tapa dura y leí It, algo así como el compendio de todo lo escrito por King hasta ese momento. Unos años más tarde, tras leer Misery, lo dejé de lado y así sigue. No se por qué, la verdad, quizá fue debido a que leí un par de libros horrorosos escritos por él y ya me dije eso de hasta aquí, o bien a que yo quería leer otros autores. He vuelto a leer a King esporadicamente, y aunque me digo a mí mismo que debería volver a alguno de sus mejores libros, la verdad es que no he puesto mucho interés.
Quizá sea que el Stephen King que leí a mis casi veinte años es tan irrecuperable como aquel tipo que yo era entonces. Algo parecido me pasa con El señor de los Anillos, no creo posible volver de momento a esos mundos y a esas novelas.
Pero aún así, de vez en cuando me sorprendo viendo (más que leyendo) alguna adaptación de relatos o novelas de King. La última ha sido La niebla, dirigida por Frank Darabont, un fan de King que ya ha dirigido dos relatos carcelarios de King, Cadena Perpetua y La milla verde. En su origen La niebla es una novela corta que forma parte de un conjunto de cuatro que fue publicado en España por Grijalbo en dos volúmenes separados. De los cuatro relatos, tres (creo) ya han sido adaptados, La niebla, Cadena Perpetua, y Alumno aventajado, síntoma de que, o bien a los productores les gusta King, o bien de que alguien le ha pagado al bueno de Stephen una millonada por derechos de adaptación al cine de todo lo que escriba.
El relato de la niebla me encantó. Tiene un tono apocalíptico cercano a los horrores de H. P. Lovecraft, un universo al que King se ha acercado de vez en cuando, aunque la historia se centra más en las reacciones de un grupo de personas atrapadas por algo imposible de lo que no pueden escapar, que en describir en detalle todo tipo de monstruos raritos. La película coge el relato y se mantiene muy fiel a él, convirtiendose en una excelnete descripción de la descomposición de las normas sociales y de lo racional ante una amenaza. La niebla es el lugar donde viven los monstruos que acechan a los protagonistas pero, al mismo tiempo, los monstruos somos también nosotros ya que, en vez de unir fuerzas para luchar contra lo que nos acecha, aparece lo peor que llevamos dentro, los miedos, las sombras ruines, la envidia, el odio al otro, algo que parece retratar, aunque sea involuntariamente, la parte más reaccionaria de una sociedad como la americana, amenzada por algo sin forma que golpea con crueldad.
La película llega un paso más lejos de donde acaba la novela original y, llevando la historia a su límite y con absoluta coherencia, resuelve en un final negrísimo, terrible, que aún resultando lógico con lo contado hasta entonces, borra de un puñetazo toda posibilidad, no ya de final feliz, sino de cualquier resquicio de esperanza.
Este es un signo de los últimos tiempos, en los que hemos visto toda una serie de pelis que se plantean finales del mundo desde muchos puntos de vista, aunque siempre como consecuencia de nuestras propias acciones (vease Soy Leyenda o El incidente). En un libro reciente de Kurt Vonnegut, Un hombre sin patria, este autor comentaba, con una ironía sangrante, que ya no hay nada que hacer ante un final del mundo para el cual ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer. La niebla plantea ese escenario final en un contexto fantástico pero contándolo con tono realista y sin concesiones a posibles finales felices. Tras verla, la verdad es que a uno no le quedan ganas de mucho pero a pesar de ello todavía pienso que, a diferencia de lo que opina Vonnegut, aún existen salidas.
Lo que no se, es si en estas salidas habrá monstruos o no.

sábado, 14 de junio de 2008

La hipótesis fantástica


La hipótesis fantástica a la que se refiere el título tiene que ver con una pregunta, un ¿Qué pasaría si ...? aplicado a una historia contada de manera realista que introduce un cambio, un camino divergente que nos lleva a un nuevo mundo de posibilidades.

El sindicato de policia yiddish, novela de Michael Chabon, parte de una de estas hipótesis, ¿Que pasaría si los israelíes hubieran perdido la guerra por su nuevo e incipiente pais al acabar la segunda guerra mundial y se hubieran refugiado temporalmente en Alaska? Nos encontramos en Alaska, en 2008, en Sitka, hogar de los judios durante 60 años que va a dejar de serlo muy pronto. Esa situación de asilo temporal se acaba y en su lugar va a surgir un nuevo éxodo. Pero antes de eso siempre hay tiempo para un crimen y las consecuencias que pueden surgir de él.

El autor crea una historia alternativa a partir de esa hipótesis inicial y en ella situa una historia de novela negra americana, con un detective tipo, Meyer Landsman, de vuelta de todo, y que gracias a que el destino le pone una oportunidad delante, comienza un largo y retorcido camino de redención que lo lleva hasta una situación que es muy parecida, curiosamente, a la que vivimos ahora mismo.

Chabon parte de los tópicos de la novela negra, de la clásica tipo Hammett o Chandler, a la más moderna, y dibuja una historia que deriva casi en metafísica o política por que aspira a retratar a los judíos y su visión del mundo. Quizá el tema central es precisamente el éxodo, esa marca de no tener un país y buscarlo siempre, a cualquier precio, la marca de ser el pueblo elegido por Dios para no se sabe muy bien qué, el peso de la tradición, del carácter, en lo que hacemos y lo que nos hacen.

Esta novela me recuerda un poco a lo que la factoría Pixar hace en sus películas con los géneros clásicos, respondiendo a preguntas del tipo: ¿Que tal si hacemos una peli del oeste con Bichos? Del mismo modo, Chabon ha escrito una novela negra con judíos, una de esas historias que se mastica y saborea al tiempo que se lee, con buenos personajes, una prosa magnífica, dialógos sabrosos, en fin, un buen guiso donde nada falta. La hipótesis fantástica está planteada con rigor y con detalle, y uno llega a notar la solidez del escenario (casi falta un plano de Sitka para que nos ayude a situar en cada momento la acción), y se lo pasa bien con una historia bien planteada, donde los tópicos casi parecen recién estrenados y nuevecitos, y donde al cerrar la última página sabe que echará de menos a sus compañeros de viaje.

jueves, 1 de mayo de 2008

Sufrir


Hay libros que se saborean, al tiempo que uno los lee. Y ese sabor que uno percibe al leer define la relación que establece con el libro. He terminado esta tarde Caos Calmo, de Sandro Veronesi (Anagrama), y se que el sabor melancólico y dulce que me ha provocado estos días perdurará, como la memoria de los personajes y situaciones que llena el libro.

Esta es una historia sobre la aceptación del sufrimiento en estos días de velocidad e histeria. El prota, Pietro Paladini ve como en el mismo día casi se muere salvándo a una mujer de un seguro ahogamiento mientras que su compañera Lara se muere de verdad. ¿Cómo se hace frente a ese dolor? Pietro, de una forma extraña, cree no sufrir, como tampoco cree que lo haga su hija Claudia, de diez años. Comienza el curso y él decide permanecer junto a su hija, a las afueras de su colegio, cada día, mientras que su empresa comienza a enloquecer en los vaivenes de un proceso de fusión. El gesto de Pietro le convierte, de forma involuntaria, en depositario del dolor de los que le rodean, que se acercan hasta él para contarle, mientras pasan los días y su propio sufrimiento parece no existir.

En las peripecias de Pietro hay un retrato de todos nosotros, y de nuestra huida del dolor. Vivimos en una sociedad que exalta el placer y la fisicidad que lo que nos rodea, que se mueve sin apenas reflexionar y que solo accede a la superficie de aquello que siente. Pietro, en su inmovilidad, reflexiona sobre sus actos, pero al mismo tiempo parece huir de lugares incómodos de sí mismo, lugares que tendrá que visitar aunque no sepa muy bien por qué.

La novela posee una prosa bellísima, y se plantea como un largo monólogo dirigido a nosotros, un monólogo donde entra lo personal, el caos de lo que nos rodea y nos refleja, con los movimientos económicos que actúan de transfondo de algunas de las debilidades (y triunfos) del protagonista. Esta es una historia triste que contiene momentos muy divertidos, donde encontramos muchos registros y personajes y donde Veronesi crea un retrato desconcertado de lo que somos y de cómo actuamos, nada de gloria y muchas preguntas por resolver.

Postdata: en nada, se estrena la versión cinematográfica de la novela, con Nanni Moretti de protagonista.

lunes, 7 de abril de 2008

El evangelio según Eduardo Mendoza


Recuerdo que descubrí a Eduardo Mendoza a través de El misterio de la cripta embrujada, una novelita que me hizo pasar unos ratos estupendos hace ya mucho tiempo. El inicio de la novela no se me ha olvidado, prueba de que la memoria es caprichosa como ella sola, y además, un pelín cachonda. Esta vena de Mendoza de escribir una especie de novela policíaca inclasificable, donde lo de menos es quien mató a quién (aunque salvo, quizá, en El laberinto de las aceitunas, todo está perfectamente cerrado), y lo de más es pasar página a ritmo de sonrisa o carcajada, a mí siempre me ha gustado mucho. No se si éste será otro Mendoza diferente del escritor de La ciudad de los prodigios, o Una comedia ligera, o La verdad sobre el caso Savolta. Creo más bién que este Mendoza es también, junto con los otros, uno de los mejores escritores españoles y sin duda uno de los que mejor trata a los lectores.

Llegado a este punto, he de decir que El asombroso viaje de Pomponio Flato me dejó a cuadros. Claro que no debería, por que Mendoza se ha acercado a la ciencia ficción, lo mismo que al culebrón decimonónico, así que, ¿por qué no una novela policiaca ambientada en Judea, con personajes como el niño Jesús, sus padres María y José, su primo Juan y hasta el mismísmo Judá Ben-Hur? Dicho y hecho, aquí están todos junto a Pomponio Flato, fisiólogo que en su ansia de saber va buscando fuentes mágicas por las tierras del Imperio, lo cual no hace sino empeorar los problemas de su organismo (flatulencias y meteorismo, los cuales, se dejan notar en los momentos más intempestivos). Pomponio tiene una mala suerte digna de Philip Marlowe. De hecho, al principio de la novela, se encuentra hecho unos zorros y ante una tribu que no sabe si darle por culo y matarlo o bien darle cobijo y alimentos.
Aquí está todo lo que esperamos de una novela policíaca, el detective privado, los pasados ocultos, la violencia sin sentido, pero también está todo lo que esperamos de Mendoza, una extraña melancolía y una sonrisa permanente, de esas que te hacen sentír bien. Y uno se encuentra con que en esta historia tanto los dioses (el que no se puede nombrar y aquellos que no paran de nombrarse), como los humanos enredan una trama que es una especie de evangelio apócrifo (milagros incluidos), ya que nos "aclara" muchas de aquellas cosas que creíamos conocer y ofrece una versión alternativa sobre unos hechos y unos personajes que suponiamos muy conocidos.
En fin, un libro muy divertido, que bajo su ligereza deja ver muchas pinceladas de profundidad, y que yo le agradezco al maestro Mendoza.

domingo, 23 de marzo de 2008

Viajes interiores

Acabo de terminar de leer El afinador de pianos, de Daniel Mason (Salamandra), y tengo la sensación agridulce de lo que no te acaba de gustar del todo. El libro parte de una anécdota jugosa. 1876. El prota, Edgar Drake, es un afinador de pianos inglés al que el ejército reclama para una misión extraña: un oficial en un puesto de mando en el interior de Birmania reclama los servicios de un afinador. Este oficial es médico, es excéntrico y brillante, y ya había conseguido que le enviaran un piano hasta su fuerte en mitad de la selva, un piano que ahora se encuentra desafinado. Drake, intrigado y movido por intenciones que él mismo desconoce, acepta el encargo para viajar hasta un pais y una cultura que no entiende y, de paso, aceptar un destino que él mismo parece no aceptar.

La historia sigue derroteros que la emparentan con El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, pero un poco a la inversa. Si en Conrad lo salvaje es un reflejo de las fuerzas más oscuras que nos habitan, aquí tenemos buenas intenciones, un deslumbramiento que hace que Drake se plantee cuál es su verdadera naturaleza. En esta novela también hay reflejos de La odisea, ya que el viaje del protagonista parece basado en el contraste y lo que surge de él. Además, tenemos la sensación de que los protagonistas son meros peones en un juego que no conocen, donde los dioses (aquí la política) se mueven (y los mueven) a su capricho. Por último, algunas imágenes muy bellas de la novela me recuerdan la película El piano, de Sally Potter.

Y aunque hay buenas ideas también hay una prosa que se alarga demasiado, que se entretiene en detalles nimios creando más impaciencia que deleite. Hay un mal dibujo de los personajes. El protagonista es un poco pánfilo de más, quizá lo que el autor supone quintaesencia británica, con una especie de represión emocional constante, de envaramiento que casi no avanza y que, cuando por fin lo hace, ya casi no nos importa. En cuanto a su antagonista, Anthony Carroll, éste debería ser más ambigüo, y su supuesta grandeza debería contener las inevitables sombras de un personaje con aires de mito, pero estas sombras no llegan a aparecer del todo, y se queda desdibujado. Los conflictos llegan tarde y mal, y acaban por amargar los buenos momentos e ideas que tiene la novela: el papel que juega la música en la historia, la fascinación por otras culturas y sus consecuencias, el viaje externo como reflejo del interno.

Al final, queda una sensación de logro a medias. Quizá esto se debe a que es la primera novela de su autor, y por ello es muy ambiciosa. Pero sucede también que notas al leerla que tiene elementos colocados por que el autor lo quiere y no por que, simplemente, tengan que estar ahí. Así, cuando se le notan las costuras a una historia, es que algo no acaba de funcionar.







domingo, 16 de marzo de 2008

Distancias cortas

Hay un encanto especial en los libros cortos. Son, en el mejor de los casos, tragos intensos cuyo sabor se recuerda tiempo después y, en el peor, una pequeña pérdida de tiempo. Además, dada la escasez generalizada de tiempo y/o paciencia lectora, un libro corto puede parecer más apetecible que uno largo. Ya se que comparar distancias lectoras no es un ejercicio gratificante y que un lector se mueve en función de muchas variables, no solo el número de páginas o el peso de la edición en tapa dura. Hace unos días, un familiar me contaba que había comenzado a leer Un mundo sin fin, de Ken Follet, novelón de más de mil páginas, y que lo había dejado allá por las seiscientas páginas. La razón: ya sabía lo que iba a pasar en las otras cuatrocientas. Había llegado tan lejos con la ilusión de que la historia lo sorprendiera pero eso no ocurrió. Yo he de confesar que no habría llegado tan lejos.



Aquí van dos libros cortos y (en mi opinión) buenos.


El primero, Un pedigrí, de Patrick Mondiano (Anagrama), es la historia de la vida del autor hasta la publicación de su primer libro, la formación catastrófica y triste de un joven escritor. El libro es un catálogo de seres rotos, desde los padres del autor, una actriz belga y un judío francés que se dedica a estafas varias en el París de la segunda guerra mundial, hasta el extraño mundillo que los rodea. Modiano retrata estos años con dolor, con una ausencia de nostalgia pero buscando comprendrer a sus padres y a sus decisiones, con un lenguaje preciso y precioso. Se define a sí mismo como "un perro que hace como que tiene pedigrí", un hombre que se va haciendo a base de sombras y de huidas y que alcanza una madurez dolorosa atravesando un mundo lleno de gente rota al llegar a las últimas páginas.



El segundo es Amarillo, de Felix Romeo (Plot). Libro este sobre una desaparición, la de Chusé Izuel, amigo del autor que se suicidó en 1992, siendo un joven escritor que no pudo superar la dureza del mundo. Romeo traza en este libro una especie de elegía y de pregunta continua sobre el suicidio. Busca, en los textos del propio Izuel, pistas, huellas, miguitas de pan que le conduzcan a la razón de que su amigo saltara por un balcón. Este acto es como un desgarro en la realidad y su presencia parece pesar sobre los que sobreviven. Como una especie de puzzle donde al final no se busca sentido a lo que no lo tienen sino algo posible, como levantar acta de las razones para hacer algo así (dolor de vivir, desamor, aspereza de los días), llegamos al final sin saber demasiado. Este libro no es una investigación policial, ni un mapa de la vida de Izuel, ni muchas otras cosas. Este libro deja un poso de inquietud, de sinrazón, de oscuridad extrañamente luminosa.

viernes, 7 de marzo de 2008

Detalles

De la crónica de Eduardo Mendoza de Chesil Beach, de Iac McEwan, publicado en Babelia, el sábado 1 de marzo de 2007,
"No es preciso que un escritor atribuya carácter simbólico a los detalles, ni siquiera que repare en su posible interpretación. En una obra coherente los detalles adquieren valor simbólico en la conciencia del lector, tanto si lo busca como si no, y este simbolismo de los detalles, sobre todo si no es explícito, es lo que da grosor al relato y lo diferencia del mero atestado."

sábado, 16 de febrero de 2008

La vida cotidiana




¡Qué dificil es contar en una novela la vida cotidiana!, las cosas pequeñas, los detallicos que nos van construyendo y que se convierten en nuestras sombras y nuestros cimientos. Así a voz de pronto, recuerdo dos en las que esta vida de todos los días va hilando la trama: Mauricio, o las elecciones primarias, de Eduardo Mendoza, y Dientes de leche, de Ignacio Martínez de Pisón, que acabo de terminar. Si la primera es un retrato de la Barcelona de principios de los ochenta, la segunda es más ambiciosa al cubrir cuarenta años de las vidas de los Cameroni, una familia de Zaragoza cuyo fundador, Raffaele Cameroni, es un italiano que viene a España durante la guerra civil para combatir del lado nacional y que se queda huyendo de una vida que no quiere vivir para adentrarse en la creación de una familia y los laberintos de la vida cotidiana. La novela de Martínez de Pisón centra su mirada en un cúmulo de pequeñas historias que van haciendo avanzar el tiempo y las relaciones de los miembros de la familia, historias que aún siendo contadas en un tono amable, cubren todo tipo de momentos, alegres y terribles, traiciones y decisiones que nos marcan más de lo que somos capaces de reconocer. Además, de esta mirada surgen momentos de gran belleza y profundidad que apenas creeríamos mínimamente interesantes a la primera pero que se revelan clave de los acontecimientos.


La novela de Mendoza es otra cosa aún siendo algo muy parecido, la crónica de aquellas decisiones que tomamos en momentos que no sabemos decisivos pero que acaban siéndolo, y el retrato de una ciudad, Barcelona, desde las conversaciones de los personajes. Mauricio es, a priori, un tipo sin chicha ninguna, dentista, un pelín soso, y sin embargo sus anti-aventuras te enganchan por que te ves un poco en lo que hace, y de forma casi inconsciente, acabas tomándole cariño. La prosa de Mendoza es divertida y tierna, con un diálogo casi constante, con mil peripecias extrañas pero que forman parte del día a día de sus protagonistas.


Estas dos novelas son, de forma extraña, novelas de aventuras. Ahora bien, de ese tipo de aventuras que no tienen apenas gloria y hazañas pero sí detalles para construir la memoria.


domingo, 27 de enero de 2008

Libre albedrío


Hace algún tiempo comenté el último libro de Kurt Vonnegut, que consistía en una colección de opiniones a modo de mini-ensayo por parte de este autor tan raro como lúcido en su forma de ver el mundo. Tras su muerte hace algunos meses intenté localizar alguna de sus novelas en las librerías a las que suelo ir, y no me fue sencillo dar con él. Aunque muchos de sus libros fueron editados en España hace tiempo (la mayoría por Bruguera y Anagrama), resulta toda una aventura rescatar alguno de estos títulos en el proceloso mar de lo descatalogado. Pero por suerte, encontré de refilón El desayuno de los campeones, novela editada por Anagrama a raíz de que Alan Rudolph hiciera una adaptación al cine de la misma hace algunos años.
No me imagino cómo será la peli, la verdad, por que esta novela es imposible de contar. Y por eso mismo, creo que refleja muy bien una sensación de desasosiego, o más bien pánico, ante lo que nos rodea. La trama tiene que ver con el encuentro entre dos tipos raritos, Kilgore Trout, un extraño escritor de ciencia ficción que envía sus obras a editoriales que las publican en revistas pornográficas, y Dwayne Hoover, un vendedor de coches que enloquece y necesita una razón para entender el mundo. Vonnegut no niega el caracter de ficción de estos personajes, e incluso mete dentro de la historia a su creador, un escritor harto de todo que se llama Philboyd Studge y que se mueve dentro de su propia historia con un propósito que sólo conoceremos al final.
Como digo, la trama es lo de menos por que Vonnegut retrata con humor salvaje su pais y a sus compatriotas y, de paso, a todos nosotros, perdidos en un mundo sin ningún sentido. Y así vemos pasar historias delirantes, personajes que tienen una mezcla de locura y lucidez, las obras de Kilgore Trout que, aunque no tiene ni idea de ciencia, retrata la extrañeza de lo que ve con metáforas brillantes. Esta historia trata de cómo somos, de cómo nos sentimos (aunque no lo recoznocamos), de la posibilidad de ser libre o no serlo, de paradojas y libre albedrío, del caos, de cómo contar una historia o no hacerlo.
Y aunque hay risas, éstas son las de aquellos que enloquecen por no ponerse vendas en los ojos.

sábado, 19 de enero de 2008

Portugueses 1. Cementerio de Pianos



Siento una extraña debilidad (bueno, todas las debilidades son extrañas), por los autores de literatura portugueses. De entre los más nuevos que han sido traducidos leí no hace mucho Cementerio de pianos, novela de Jose Luis Peixoto publicada en El Aleph. Lo que más sorprende en esta historia es cómo está contada: dividida en dos puntos de vista, padre e hijo de una misma familia, no sigue una narración lineal sino que muestra de forma desordenada la evolución de una historia que parece negarse a evolucionar. El padre es carpintero y, entre sus cometidos está el de reparar pianos, de los cuales posee una colección de esqueletos, fósiles, enfermos y moribundos en ese cementerio que da título a la novela. Su voz es la que nos cuenta, desde su muerte, nada más empezar la historia, la formación de su familia y la vida de sus hijos. Uno de ellos continuará su oficio y también será corredor de maratón. El hijo es la otra voz, la que nos lleva desde sus pensamientos durante una carrera a continuar hacia los posibles futuros.
Esta novela es de las que te deslumbran en la forma. Una vez que asumes como te son contadas las cosas logras avanzar, un poco a ciegas, recomponiendo una especie de puzle, donde las piezas son las vidas de unos personajes humildes, golpeados por unas vidas duras donde el dolor se mezcla de forma casi indistinguible a veces con la alegría. Es por ello una historia de contradicciones donde la prosa es magnífica, atenta a los detalles, con un ritmo que te lleva y te mece, que te golpea, que te hace cuestionarte la forma en la que miras a las criaturas de Peixoto y su paso por el amor y la muerte, las dos grandes ideas de una historia ambiciosa.
Si tuviera que ponerle pegas, está una confusión en algunos momentos que hace que no te creas algunos de los pasajes de la historia, y un peso (quizá) excesivo de la tragedia en la vida de sus personajes, como una losa de la que no hay escapatoria. Pero las pegas son resultado de la ambición de la novela, que es mucha, y de la juventud de Peixoto. En este sentido parece que a veces pasan cosas por que el autor así lo quiere, pero no pasan esas cosas simplemente por que tengan que pasar.
De nuevo, lo que más me ha sorprendido es el lenguaje, el retrato de unas vidas cotidianas y llenas de sombras, la idea de que el destino nos ata a una carrera sin sentido, cristales y también, donde menos te lo esperas, música de piano.

domingo, 13 de enero de 2008

Desapariciones


Acabo de terminar La desaparición de Majorana, de Leonardo Sciascia, en Tusquets. Ettore Majorana fue un brillante físico italiano, contemporaneo y colega de Enrico Fermi, que desapareció o se suicidió en 1938 dejando tras de sí múltiples interrogantes. Genio de la ciencia, le tocaron los primeros años del siglo XX en los que se re-inventó la física, y de paso, la realidad al completo. Majorana fue amigo de Heisenberg y Sciascia sugiere que pudo intuir hacia donde se dirigían los descubrimientos de la física en esos años de pre-guerra, hacia un horror nuclear del que él no quería ser complice. La maquinaria de la guerra no podía ser detenida y la posibilidad de que llegara a unos límites que ni tan siquiera pudieran ser imaginados puede que le llevara a desaparecer, para así no ser parte de esa conspiración contra la vida que fue la creación de la bomba atómica. Su mente privilegiada comprendió que la raiz de la creación en la que estaba inmerso, la nueva física, podía abrir posibilidades terroríficas, pero su obra era también su vida, las dos estaban unidas hasta el extremo de ser la misma cosa, por lo que dejar una implicaba dejar la otra.

Este librito tiene una capacidad de generar muchos ecos. En él aparecen desde consideraciones sobre el hacer de la ciencia, la raiz del genio creativo, los años del fascismo en Italia, el famoso proyecto Manhattan y sus implicaciones morales y, sobre todo, la oscuridad que rodea a su desaparición, cómo pudo planearla y cuáles pudieron ser sus razones.

En él aparece citado otro caso de desaparición, el del matemático francés Evariste Galois que murió a consecuencia de un duelo en 1832 a la edad de 21 años. La noche anterior al duelo, que Galois cree que será su fin, éste se la pasa escribiendo, con la urgencia del tiempo que se escurre, que no puede ser detenido, y al mismo tiempo, con la urgencia de contar en el papel los rasgos de su obra, de su pensamiento que sabe importante, de su vida, una noche en la que se vaciará para morir al poco tiempo.

El caso de Galois es el opuesto al de Majorana, si al primero le traiciona la vida y ha de aprovechar unas pocas horas para dar forma, aunque sea a grandes trazos, a lo que su pensamiento ve, aquel ya ha visto y no quiere seguir, por lo que es el propio Majorana el que traiciona a una vida que presume imposible de vivir.

En ambos casos, no puedo imaginar el terror que se esconde detrás de los ojos ante lo que ha de llegar y las terribles decisiones que conducen a la desaparición.

domingo, 9 de diciembre de 2007

La brújula dorada


Es pronto aún para saber si la adaptación cinematográfica de Luces del Norte, primera novela de la Trilogía La materia oscura de Philip Pullman, va a ser o no un éxito suficiente como para que se rueden los dos capítulos restantes de la historia (La daga y El catalejo lacado). Lo que sí se ha sabido es que ya hay en marcha un boicot contra la película por parte de sectores católicos que la ponen poco más o menos como una guía para ateos infantiles y recomiendan no acercarse a cualquier sala en la que se proyecte la peli. Y aunque la obra de Pullman contiene una dura crítica a cierto tipo de pensamiento ultra-religioso, poco de eso queda en la película, donde los aspectos más espinosos, o bien se han suavizado o se han eliminado. Y es una pena por que Luces del Norte propone muchas ideas sobre ciencia y religión, y como relato fantástico, podría haberse abordado desde una perspectiva más adulta. Ni los libros ni la película son muy recomendables para niños, si acaso para adolescentes. Hay en ellos (sobre todo en los libros finales), una historia compleja, personajes ambiguos, decisiones difíciles, violencia explícita e implícita, y una visión de la fantasía marcadamente materialista, en el sentido de que todo tiene explicación pese a su carácter “maravilloso”. La película ha elegido un punto de vista más infantil sobre la historia y funciona acumulando acontecimientos a ritmo acelerado. Pasan muchas cosas, quizá demasiadas, y algo de sosiego hubiera sido deseable aún a costa de alargar un poco la peli. Ese constante pasar acontecimientos hace que muchos de los personajes y sus acciones no se entiendan (como es el caso de Serafina Pekalla), resultando su presencia meramente anecdótica. La película transcurre de forma entretenida pero algo confusa, con una espectacularidad que va creciendo hasta un doble final que deja un sabor de boca raro. El epílogo deja todas las cuestiones abiertas, a medio, y uno sale con la sensación de que le han escatimado algo. En la novela, esa progresión está mejor modulada y la historia se cierra de manera más satisfactoria.
Polémicas religiosas o antirreligiosas al margen, estoy un poco confuso sobre la película. Funciona como uno de esos regalos de envoltorio aparatoso que al final da menos de lo que uno espera. La ambientación, las partes técnicas del relato son excelentes, y hay muy buenos momentos en sus casi dos horas pero le falta algo de chicha, de músculo narrativo, y le sobre un poco de “esto pasa por que sí”, sin más explicaciones.