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domingo, 11 de enero de 2009

Fascículos


Para mí, la Navidad termina en el preciso instante en el que, allá por el cinco o seis de enero, veo el primer anuncio de fascículos. Este año 2009 ese momento ha estado ligado con una colección de rosarios a la que al poco tiempo han seguido miniaturas de dragones y tanques alemanes, cuentitas de vidrio para fabricar bisuteria y ediciones facsímiles de albumes de cromos, entre otros.
Ese tránsito publicitario inaugura para mí el cambio de pensamiento de estas fechas, el paso del impuesto buen rollo navideño a la general mala leche invernal que nos acompaña a todos. Claro que, dado cómo terminó el mal recordado año 2008 y como empienza a parecer este ya terrible 2009, encuentro a faltar algunas colecciones de fascículos que creo recomendables para estas fechas y que desde aquí humildemente sugiero a los mandamases que se reúnen quien sabe dónde y deciden qué nos vamos a encontrar al ir al kiosko:

- Una colección de tapones para los oidos y antifaces opacos para aquellos que no quieran ni oir ni ver el horror de Gaza perpetrado por Israel. Alternativamente una colección de excusas y justificaciones en porcelana pero no en miniatura para que sean digeridas, engullidas o tragadas por aquellos que desde Israel o donde sea justifican lo injustificable, la muerte de civiles y niños en aras de una extraña y terrible victoria que los hace, a ellos y a todos los que no gritamos con fuerza suficiente como para parar esta masacre, culpables y más débiles que antes de que esto empezara.
-Una colección de declaraciones y juicios de valor en edicción de lujo de todos aquellos gurús que repitieron una y otra vez que la economía nos iría de lujo siempre y cuando no nos metieramos en los asuntos del mercado, ese animal de extrañas costumbres amatorias que ha acabado por matarse y matarnos debido a sus numerosas adicciones al riesgo. Junto con esta colección se podría incluir un diccionario que permita traducir la frase "sí, yo tengo la culpa y lo siento" en múltiples idiomas a todos aquellos magnates, banqueros, políticos y demás que miran para otro lado en estos tiempos.
- Una colección de pildoritas varias que nos permitan sobrellevar el dolor en todas sus manifestaciones que este año se ha desbordado ya a estas alturas. Aquí, el formato podría incluir grupos temáticos como estimulantes, euforizantes, alienantes o tranquilizantes.
- Una colección de espejos del mundo para que nos miremos cada día desde todos los ángulos a ver si adivinamos ya de una vez qué nos pasa y por qué somos como somos.

Esta es solo una propuesta, claro, pero tal y como se ha despertado el 2009 me temo que se queda corta.
En fin. Que sea leve.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Contradicciones


Cuando inicié la escritura de este blog, lo hice partiendo de la premisa de que todo el mundo escribía y, sin embargo, nadie leía. El tiempo transcurrido desde entonces me ha reafirmado en la idea de que la lectura de libros, y los lectores de libros, se están convirtiendo en una minoría que se atrinchera en este vicio con entusiasmo. Al mismo tiempo, y de forma extraña, se publican y se venden muchos, muchísimos libros, surgen nuevas editoriales, y cuando voy a una librería me agobio ante el alud de novedades, re-ediciones, títulos que surgen, autores nuevos, autores de toda la vida, en fín, un frenesí en torno al libro que no parece sino abocado a un vacío de lectores.

Hace no mucho leía que tanto Phillip Roth como Eduardo Mendoza coincidían en el diagnóstico: los lectores de libros se extinguen. Con el paso de los próximos años, la lectura será un hobby minoritario, y las pantallas finalmente han ganado la batalla. Sin embargo, parece que el sector editorial vive unos momentos excelentes, se vende mucho, no hay crisis, existe Carlos Ruiz Zafón, o niños con pijama de rayas, o suecos que escriben novela negra, o fenónemos extraños que se traducen en libros y más libros asi que, en fín, que no es posible entender nada salvo que se vende, y se vende mucho. Y posiblemente, también se lee.

Claro que leer admite muchas variantes. Leer un blog, un post como éste por ejemplo, no es un ejercicio equiparable a leer un artículo de prensa o un ensayo. Al tiempo que se diversifican los ejercicios lectores parece que hay una decadencia general en la escritura: se escribe mucho sí, pero no bien. Bueno, al menos no tan bien como antes. Tal vez sea que la escritura de estos nuevos tiempos ha de estar a la altura de lo que piden los lectores y éstos son cada vez más impacientes. ¿Cuántos se adentran sin miedo en una novela larga, o difícil? ¿Cuántos leen sin mirar el reloj? Si rebajamos las expectativas lectoras las dos preguntas anteriores tienen respuestas más satisfactorias, y para ello nada mejor que escribir para estos nuevos lectores, algo rápido, algo que les permita avanzar, algo que les haga sentirse mejores.

En fin, el panorama, lejos de aclararse, se confunde cada vez más. No sirve de mucho profetizar los posibles futuros. Pero lo que parece cada vez más claro es que las denominaciones "leer" o "escribir" engloban cada vez más ejercicios muy diferentes. Y nuestras relaciones con estos ejercicios están cambiando, mutando, de la misma forma que nuestra relación con los demás.




domingo, 16 de noviembre de 2008

Dioses y hombres


Antes me gustaba más el cine que hace Ridley Scott. Quizá se deba a la huella tan fuerte que dejó en mí Blade Runner, y que aún hoy resuena con mucha fuerza en mi memoria. Junto con Alien, ambas son películas fundamentales no solo de la ciencia-ficción, y su peso e influencia han sido muy notorios. Pero bueno, el caso es que Scott (Ridley) rueda mucho cine últimamente y hace unos días fuí a ver Red de mentiras, lo último que ha hecho. La verdad es que, en conjunto, no me gustó mucho esta historia de espías en esa zona del mundo tan activa en los últimos años. El tema del terrorismo de raiz islamista y cómo lo combate Estados Unidos es una de las constantes que nos rodea cada día. La película de Scott se adentra en este meollo mostrando algunas de las tripas del asunto y llegando (me parece a mí) a conclusiones no muy halagüeñas sobre el futuro próximo.
Pero más allá de la trama y del empaque visual que Scott le ha dado a esta historia hay algunos apuntes que me parecen muy interesantes. Hay dos puntos de vista, el de Russell Crowe (Su personaje se llama Ed Hoffman y es un alto cargo de la CIA que se encarga del espionaje en la zona de Oriente Próximo), y el de Leonardo DiCaprio (un agente sobre el terreno que se llama Roger Ferris). La mirada del primero es la mirada de los dioses, casi siempre está hablando por móvil con su agente o lo ve manejarse gracias a satélites y aviones espía, siempre desde las alturas en su Olimpo tecnológico, contemplando a su criatura a la que maneja a su antojo. El segundo tiene una mirada terrenal, violenta, humana y más compleja, ha de luchar contra las maniobras de su jefe que, en ocasiones baja a la tierra para re-dirigirlo o provocar movimientos caprichosos de la trama. En este aspecto, la historia que nos cuenta la película no es que sea muy novedosa por que los dioses y los hombres han jugado a esto mucho tiempo.
El otro detalle interesante es el contraste entre la aparentemente todopoderosa tecnología de los dioses y las maneras primitivas, medievales de los terroristas. La película sugiere que aunque los norteamericanos pueden, literalmente, "verlo todo", no comprenden lo que están viendo, con lo que ese poder se torna inútil al no entender las claves, las reglas de la situación. Su manera de hacer las cosas es exagerada, tosca, y no siempre consiguen lo que quieren.
En fin, una historia de cine político (con toques visuales marca de los hermanos Scott), y una conclusiones nada agradables sobre lo que sigue a continuación.

domingo, 19 de octubre de 2008

Historias


A veces se me olvida que la Historia está hecha por hombres y mujeres. Cuando uno lee sobre Historia, la nuestra o la de otros, a veces piensa en una serie de acontecimientos, batallas, tratados, banderas, crisis y resurrecciones, toda clase de cosas pero no siempre personas. Por razones diversas, en los últimos tiempos me he visto enfrentado a una visión de la Historia a pie de obra, de una conversación con aquellos que sufrieron los momentos decisivos de un tiempo que se ha convertido en el nuestro. Entre esas historias, dos me han llevado hasta los Estados Unidos. Una de ellas ha sido el libro Soñando América, de Russell Banks (Bruguera), y la otra ha sido la serie John Adams. En ambas se cuenta el origen de los Estados Unidos de América, un país resultado de una mezcla de intereses y oportunidades. Si el libro de Banks es una mirada lúcida y precisa sobre los matices del corazón norteamericano, la serie retrata el carácter de uno de los "padres de la patria" americana, John Adams, y las contradicciones y sacrificios que marcaron su vida.
Banks habla de los conflictos internos de los norteamericanos, de sus contradicciones fruto de la imposible convivencia de su idealismo religioso y su materialismo mercantil, del mito fundacional del Sueño Americano y de su metamorfosis hasta la esquizofrenia actual. John Adams cuenta esta fundación desde lo pequeño, desde los acontecimientos y conversaciones que están detrás de la independencia americana. Tanto en la serie como en el libro se cuenta que la historia de como surgieron los Estados Unidos se ha olvidado, y en su lugar se han construido varias mitologías más o menos cercanas a lo que pasó. No parece que los americanos de hoy estén muy por la labor de revisar con cierto escepticismo cuánto hay de cierto y cuanto de narrativa cinematográfica en su génesis. Pero creo que esa mirada hacia atrás es necesaria para clarificar los males de este pais (y, por extensión, de cualquiera).
Ambas, el libro de Banks y la serie de HBO, son en mi opinión magníficas, y demuestran que, pese a todo, todavía hay entre los norteamericanos una voluntad crítica.
Me temo que en el caso de nuestra historia esfuerzos similares son muy costosos y parecen brillar hoy por su ausencia.

sábado, 19 de julio de 2008

Genero y números


Leo en el Babelia de hoy un par de artículos sobre la extraña situación del género de ciencia ficción en la actualidad. Las ideas que transmiten los autores son un poco pesimistas y están relacionadas con la ausencia de figuras relevantes en la ciencia ficción tras la desaparición de los grandes maestros y en que la ciencia va cada vez más rápida y se convierte, no en una visión de un futuro más o menos lejano sino en el paisaje cotidiano.
Además, parece que otros géneros más o menos emparentados como el fantástico están copando a los nuevos lectores (¡gracias, Harry Potter!), y casi me atrevería a decir (aunque lo diré en voz baja) que el adjetivo "ciencia" del nombre de este genero no ayuda precisamente a captar a jóvenes que quieran leer, quizá pensando en que lo que se les ofrece es un árido y pesadísimo tratado de cosas incomprensibles. La fantasía, aunque enraizada en un contexto más o menos científico, acaba deslizándose en la mayoría de los casos hacia terrenos de naturaleza mística donde lo sobre-natural es lo que mola.
No se si relacionar dos artículos del mismo periodico leídos el mismo día, puede ser un buen ejercicio pero el caso es que, por casualidad, leo también hoy que un análisis de los resultados de selectividad de este año dejan claro que los examinados tienen un bajo nivel de matemáticas (y de ciencias en general).
Sí, ya se que se lee ficción por muchas y muy diferentes razones pero, puestos a relacionar, si un alumno medio de bachillerato le tiene tirria a las ciencias duras en general, veo improbable que se decida a leer historias donde esa misma ciencia que no le gusta es uno de los elementos de la historia.
Será que, después de todo, las ciencias están de capa caida por que no sabemos enseñarlas, o transmitir su encanto y su necesidad, su belleza y poder. Será que el alumno de bachillerato medio, en el caos nada tranquilo de su vida y sus gustos, se decanta por leer aquel o aquellos libros que le cuentan el mundo desde la altura de su mirada (sus problemas, fantasías, lo que sea), y en esa mirada no está nada que tenga que ver con la ciencia.
Y es una pena por que entonces se está perdiendo mucho de la belleza del mundo, se está perdiendo Fahrenheit 451 y Crónicas Marcianas, se está perdiendo el ciclo de la Fundación, y El Juego de Ender, y también La máquina del tiempo, y Neuromante, y muchas otras novelas que, aunque lleven la etiqueta de "Ciencia Ficción", no son sino historias sobre nosotros, sobre el ahora, precisamente sobre lo que vemos a la altura de nuestra mirada.

domingo, 13 de julio de 2008

Invisibilidad


Leo en el número de julio-agosto de Cahiers du Cinema (siempre quise escribir esto ...) una serie de artículos sobre lo que llaman "cine invisible". Cine que no vemos por falta de distribución en España. Y ese cine que no vemos no está formado únicamente por películas de paises lejanos de esas que solo se proyectan en festivales y que se llevan un montón de premios. Son películas de muy diverso origen, de grandes y pequeñas productoras, con premios y sin ellos, buenas, malas y regulares. Cine que para nosotros, simplemente, no existe, por que al no ver una película, la condenamos al limbo de lo que no ha podido ser.
El fenómeno puede ser considerado como bueno o malo pero deja detrás la duda de las razones por las que esas películas no llegan. ¿Quién decide lo que se ve o no se ve? En el caso de las películas, son las distribuidoras las que ejercen esta tarea aunque por razones que muchas veces no acabo de entender. Más allá de los taquillazos, de las películas que todos vemos, hay muchas otras que, seguro, tienen un público dispuesto. Claro que, en tiempos del Emule y derivados, donde todo puede verse, parece que cada cual hace en su casa el trabajo de las distribuidoras. A poco que uno sea un poco sufridor y se plantee ver pelis en versión original (con o sin subtítulos), tiene al alcance de su ordenador todo el cine (clásico, moderno, posmoderno, analógico y digital) que quiera.
Otra causa de invisibilidad puede ser, paradójicamente, el exceso de oferta. Esto es lo que parece suceder en el mundo editorial ya que, en estos tiempos en los que nadie lee (salvo el Gremio de Editores), la oferta de libros es la mayor que yo recuerdo. Hay multitud de títulos de infinidad de editoriales y, siento confesarlo, la sensación que a veces me invade cuando voy a una buena libreria es la del agobio: no tengo tiempo para tantos posibles libros. Bueno, ese no tener tiempo es culpa mía ya que mi velocidad lectora es, como poco, ridícula. Acabo de empezar Vida y Destino, de Grossman, novelón de unas mil cien páginas y no se cuando voy a terminar (si es que lo logro). El tiempo dedicado a este libro me podría servir para leer otras cosas si me lo planteo como un simple problema de sumas y restas pero, por suerte, leer no ha sido nunca eso.
Pero volviendo al tema, la invisibilidad para los libros tiene muchas razones: demasiada competencia, vidas imposibles en la mayoría de los casos más allá de la primera edición, situaciones infames en las librerías (el último rincón del último expositor justo detrás del cartel gigante del Juego del Ángel de Ruiz Zafón), portadas horribles, ni una sola reseña en ni un solo suplemento literario ni blog ni nada de nada, etc.
Puede ser entonces que nos estemos perdiendo excelentes pelis y excelentes libros. Pero el tiempo y razones que se escapan a mi control hacen que esto forme parte del ruido del mundo, del crecimiento del desorden y de la cada vez mayor velocidad de las cosas.

domingo, 6 de julio de 2008

Monstruos


De chaval me encantaban los libros de Stephen King. Los leía en verano, casi de forma compulsiva. Comencé por Cujo, que no acabó de gustarme, continué con Carrie, y a partir de ahí seguí leyendolo, primero en bolsillo, en la colección Los Jet de Plaza y Janés y en Grijalbo, después me pasé a la tapa dura y leí It, algo así como el compendio de todo lo escrito por King hasta ese momento. Unos años más tarde, tras leer Misery, lo dejé de lado y así sigue. No se por qué, la verdad, quizá fue debido a que leí un par de libros horrorosos escritos por él y ya me dije eso de hasta aquí, o bien a que yo quería leer otros autores. He vuelto a leer a King esporadicamente, y aunque me digo a mí mismo que debería volver a alguno de sus mejores libros, la verdad es que no he puesto mucho interés.
Quizá sea que el Stephen King que leí a mis casi veinte años es tan irrecuperable como aquel tipo que yo era entonces. Algo parecido me pasa con El señor de los Anillos, no creo posible volver de momento a esos mundos y a esas novelas.
Pero aún así, de vez en cuando me sorprendo viendo (más que leyendo) alguna adaptación de relatos o novelas de King. La última ha sido La niebla, dirigida por Frank Darabont, un fan de King que ya ha dirigido dos relatos carcelarios de King, Cadena Perpetua y La milla verde. En su origen La niebla es una novela corta que forma parte de un conjunto de cuatro que fue publicado en España por Grijalbo en dos volúmenes separados. De los cuatro relatos, tres (creo) ya han sido adaptados, La niebla, Cadena Perpetua, y Alumno aventajado, síntoma de que, o bien a los productores les gusta King, o bien de que alguien le ha pagado al bueno de Stephen una millonada por derechos de adaptación al cine de todo lo que escriba.
El relato de la niebla me encantó. Tiene un tono apocalíptico cercano a los horrores de H. P. Lovecraft, un universo al que King se ha acercado de vez en cuando, aunque la historia se centra más en las reacciones de un grupo de personas atrapadas por algo imposible de lo que no pueden escapar, que en describir en detalle todo tipo de monstruos raritos. La película coge el relato y se mantiene muy fiel a él, convirtiendose en una excelnete descripción de la descomposición de las normas sociales y de lo racional ante una amenaza. La niebla es el lugar donde viven los monstruos que acechan a los protagonistas pero, al mismo tiempo, los monstruos somos también nosotros ya que, en vez de unir fuerzas para luchar contra lo que nos acecha, aparece lo peor que llevamos dentro, los miedos, las sombras ruines, la envidia, el odio al otro, algo que parece retratar, aunque sea involuntariamente, la parte más reaccionaria de una sociedad como la americana, amenzada por algo sin forma que golpea con crueldad.
La película llega un paso más lejos de donde acaba la novela original y, llevando la historia a su límite y con absoluta coherencia, resuelve en un final negrísimo, terrible, que aún resultando lógico con lo contado hasta entonces, borra de un puñetazo toda posibilidad, no ya de final feliz, sino de cualquier resquicio de esperanza.
Este es un signo de los últimos tiempos, en los que hemos visto toda una serie de pelis que se plantean finales del mundo desde muchos puntos de vista, aunque siempre como consecuencia de nuestras propias acciones (vease Soy Leyenda o El incidente). En un libro reciente de Kurt Vonnegut, Un hombre sin patria, este autor comentaba, con una ironía sangrante, que ya no hay nada que hacer ante un final del mundo para el cual ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer. La niebla plantea ese escenario final en un contexto fantástico pero contándolo con tono realista y sin concesiones a posibles finales felices. Tras verla, la verdad es que a uno no le quedan ganas de mucho pero a pesar de ello todavía pienso que, a diferencia de lo que opina Vonnegut, aún existen salidas.
Lo que no se, es si en estas salidas habrá monstruos o no.

domingo, 1 de junio de 2008

Calaveras


Hay muchas formas de acercarse a ver una película como "Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal". Con nostalgia de lo que éramos hace veinte años, con curiosidad malsana por comprobar los achaques de nuestra memoria, con ilusión por comprobar si nos sigue emocionando un tipo de historias que apelan, más que cualquier otra, a nuestra maltrecha inocencia, o incluso con mala uva, sabiendo de antemano que todo esto no es sino una operación de marketing destinada a que Lucas, Spielberg y Harrison Ford se llenen un poco más los bolsillos gracias a la millonaria recaudación de todo el asunto.

Este pequeño muestrario de posibilidades solo sirve para comprobar que es imposible acercarse a esta película como si uno fuera a ver una película. Todo lo que la rodea es una suma de detalles muy raros, más propios de fenómenos sociales de esos que nos encandilan durante 15 minutos y luego pasamos a otra cosa. Pero bueno, el caso es que vamos a ver al bueno de Indiana Jones pasar fatigas y salirse siempre con la suya, con la tranquilidad insensata de saber que todo le va a salir bien (sospecho que hasta el propio personaje, en el momento más desesperado de su peripecia más terrible, lo sabe también). Da lo mismo lo que le pase, da lo mismo que no se reflexione apenas sobre lo que significa el paso del tiempo sobre nuestras ilusiones de antes, da un poco igual quienes sean los malos, y que esta peli, como las anteriores, tenga alma de blanco y negro, de ausencia de matices. Queremos subirnos a la montaña rusa, disfrutar sin pensar en nada. Y así, fieles a nuestros deseos, los buenos de Lucas-Spielgberg-Ford nos dan lo que queremos.

Claro que mi mirada ya no es la de hace veinte años, y aunque no he visto naves arder más alla de Orion, si que he visto otras cosas, suficientes como para pasar un buen rato con el viejo Indiana y olvidar después, ya que salvo algunos toques aquí y allá, esta peli se disfruta y se va pronto.

No entro en si eso es bueno o no, supongo que es lo que todos queríamos.

jueves, 3 de enero de 2008

El año de la patata


Pues sí, 2008 es, entre otras cosas, el año internacional de la patata. A mí lo que me intriga es la etiqueta de "internacional", ya que pocas cosas pueden considerarse tan globales, aparte de la Coca-Cola, como la patata. Pero, años internacionales aparte, el nuevo año encierra ya toda una serie de expectativas que buscan que la sorpresa no aparezca por ningún lado. Llevo casi un mes viendo las infinitas listas de grandes eventos del 2008, los libros que vamos a leer, las películas que vamos a ver, los cacharros electrónicos que vamos a usar, cuál es el coche del año, la fiesta del año, el partido del año y el fiasco del año. Todas estas listas solapan con las correspondientes al año fenecido, y claro, entre lo que hemos hecho y lo que vamos a hacer, todo ya clarito y anotado, me quedan serias dudas sobre si vamos a hacer realmente algo.

Tenemos una necesidad casi patológica por preveer y resumir, por encauzar lo vivido y lo por vivir para que así nada nos perturbe. Yo, puestos a domesticar futuros, no paso de desear algunas cosas, tener tiempo para leer, para pensar, para cambiar de opinión, para sorprender y ser sorprendido, ... Y aunque la verdad es que soy algo miedica, quiero pensar que hay sorpresas a la vuelta de la esquina, que no sé los libros que voy a leer, ni las pelis que voy a ver, ni las músicas que voy a escuchar, que por no saber, no sé gran cosa de nada ni de nadie. En resumen, que el 2008 se presenta igual de incierto que los años transcurridos hasta él.

Bienvenido sea en todo caso este año bisiesto, año internacional de la patata y de la Tierra. A ver que tal.

domingo, 9 de diciembre de 2007

La brújula dorada


Es pronto aún para saber si la adaptación cinematográfica de Luces del Norte, primera novela de la Trilogía La materia oscura de Philip Pullman, va a ser o no un éxito suficiente como para que se rueden los dos capítulos restantes de la historia (La daga y El catalejo lacado). Lo que sí se ha sabido es que ya hay en marcha un boicot contra la película por parte de sectores católicos que la ponen poco más o menos como una guía para ateos infantiles y recomiendan no acercarse a cualquier sala en la que se proyecte la peli. Y aunque la obra de Pullman contiene una dura crítica a cierto tipo de pensamiento ultra-religioso, poco de eso queda en la película, donde los aspectos más espinosos, o bien se han suavizado o se han eliminado. Y es una pena por que Luces del Norte propone muchas ideas sobre ciencia y religión, y como relato fantástico, podría haberse abordado desde una perspectiva más adulta. Ni los libros ni la película son muy recomendables para niños, si acaso para adolescentes. Hay en ellos (sobre todo en los libros finales), una historia compleja, personajes ambiguos, decisiones difíciles, violencia explícita e implícita, y una visión de la fantasía marcadamente materialista, en el sentido de que todo tiene explicación pese a su carácter “maravilloso”. La película ha elegido un punto de vista más infantil sobre la historia y funciona acumulando acontecimientos a ritmo acelerado. Pasan muchas cosas, quizá demasiadas, y algo de sosiego hubiera sido deseable aún a costa de alargar un poco la peli. Ese constante pasar acontecimientos hace que muchos de los personajes y sus acciones no se entiendan (como es el caso de Serafina Pekalla), resultando su presencia meramente anecdótica. La película transcurre de forma entretenida pero algo confusa, con una espectacularidad que va creciendo hasta un doble final que deja un sabor de boca raro. El epílogo deja todas las cuestiones abiertas, a medio, y uno sale con la sensación de que le han escatimado algo. En la novela, esa progresión está mejor modulada y la historia se cierra de manera más satisfactoria.
Polémicas religiosas o antirreligiosas al margen, estoy un poco confuso sobre la película. Funciona como uno de esos regalos de envoltorio aparatoso que al final da menos de lo que uno espera. La ambientación, las partes técnicas del relato son excelentes, y hay muy buenos momentos en sus casi dos horas pero le falta algo de chicha, de músculo narrativo, y le sobre un poco de “esto pasa por que sí”, sin más explicaciones.

viernes, 21 de septiembre de 2007

El ¿último? mohicano


La música para cine tiene una ventaja fundamental: la mayor sala de conciertos del mundo, es decir, aquellas salas de cine donde la peli correspondiente se estrena. Así, ocurre a veces que determinados temas se hacen tan famosos como la propia película a la que acompañan y pasan a ser parte de la cultura común. Todo el mundo conoce algunas de estas músicas y, aunque no sepamos quién es John Williams es más que probable que podamos reconocer y tararear sus músicas para Star Wars, Superman, E. T., Indiana Jones,... El músico de cine es entonces mundialmente famoso y normalmente desconocido. Todos conocen la sintonía de Los Simpson pero no tantos saben que se debe a Danny Elfman.
Además, estas músicas acaban sonando en todas partes, ya sea por causa de la publicidad, por que forman parte de recopilaciones del tipo Música maravillosa para gente maravillosa o Sintethizer Hits (tan normales en su tienda de discos hace mucho, mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana), o cualquiera sabe por qué. Y puede que a uno hasta le gustaran inicialmente, pero la sucesiva re-creación, o versión, o inspiración, o copia barata o lo que toque ese día hace que, al final, de tanto oirlas, acabemos tomándoles una manía horrorosa.
El último caso de este no tan extraño comportamiento me sucedió el pasado fin de semana en el Oceanografic de Valencia, en el que al pasear entre tanque y tanque de peces sonaba sin cesar el tema "The Kiss", compuesto por Trevor Jones para la película de Michael Mann El último mohicano. El tema es precioso, con un espíritu épico y romántico (muy relacionado con que el violín que aparece en el mismo esté tocado por Alisdair Fraser), pero es que ya me pone un poco de los nervios haberlo oido en miles de sitios, normalmente relacionados con animales (zoológicos, acuarios, consultas varias), y en miles de versiones distintas, a cual más terrorífica. Carne de hilo musical a su pesar, esta pieza fue repetida así como quince veces en dos horas, seguida de cerca por otro clásico de estas situaciones, John Barry y su música para Bailando con Lobos. Casi toda la gente que reconocía el tema, decía algo parecido a ¿no es esa la música de la peli de indios? Sí, tenían razón, pero a mí me pone un poco de los nervios ese machaque con el pobre Trevor Jones. No se me ocurrió protesta alguna pero, como daño colateral, no creo que vuelva a oir esta música durante un tiempo por que, si lo hago, comenzaré a pensar en belugas y tiburones con los cuales, el último mohicano estaría, como mínimo, muy sorprendido.

jueves, 10 de mayo de 2007

Sagrado=Secreto


Debería asustarme pero a estas alturas, asustarse no vale la pena. Digo esto por la noticia que leo hoy sobre un Museo Creacionista inaugurado hace poco en Petersburg, un pueblo de Kentucky, no por nada la tierra del pollo frito, en el que se explica "científicamente" la Biblia, donde el Génesis es tomado al pie de la letra como un relato de la historia del planeta y sus habitantes. Yo, la verdad, eso de mezclar ciencia y religión me parece una metedura de pata. Que cada cual crea lo que quiera (parece que algunos americanos, y europeos de la vieja tradición judeo-cristiana, y ahora fundamentalistas islámicos o de donde sea, se empeñan en poner a Dios hasta en la sopa), pero la religión se basa en un tipo de conocimiento "revelado", lo sagrado siempre tiene algo de secreto, bien por que según algunos nuestra cabecita no da más de sí para entenderlo, bien por que no nos han contado toda la información. La ciencia es otro tipo de conocimiento, elaborado según normas muy estrictas y con un enfoque sobre lo estudiado donde necesariamente, todos los cabos se han de atar, nada hay secreto y por lo tanto nada hay sagrado. Esto no lo digo yo, sino Jorge Wagensberg, físico, director del museo de la ciencia de Barcelona, y autor de dos libros que se llaman Ideas para la imaginación impura e Ideas sobre la complejidad del mundo (editados ambos por Tusquest ) en los que, aunque los títulos dan un poco de grima, cuenta muy bien su parecer sobre este y otros temas.
En fin, no se que será lo próximo pero mejor que Darwin no se entere.