domingo, 11 de noviembre de 2007

Finales felices


La novela que estoy leyendo se encamina ya hacia su parte final. Parece, a estas alturas, que todos los acontecimientos narrados están uniendo sus fuerzas para un final que no pinta nada bien para los protagonistas. Creo, aunque puedo equivocarme, que la historia no tiene nada parecido a un final feliz. Pero, pese a ello, sigo leyendo.

Esto, hace años, me hubiera cabreado un montón. De pequeño me encantaban los finales felices, los desenlaces donde todo cambia a un segundo del desastre y los héroes acaban ganando la partida. Y es que no hay nada como un final rotundo, con risas y felicidad. Puede que hayamos pasado por penalidades sin cuento, horrores tremebundos, luchas y más luchas, y todo eso nos ha dejado exhaustos, sí, pero sabemos, deseamos, esperamos, que todo lo sucedido tenga un sentido.

Por que de eso se trata, a fin de cuentas. Todas las peripecias pasadas por los protagonistas de esas historias vuelven su mundo, sus esperanzas de futuro, sus planes, parecen rotos por la fatalidad, por que hay unos malos malísimos que se empeñan en aguarles la fiesta o por alguna razón absurda. Pero, a pesar de ello, esperamos que todo ese proceso nos lleve a una lógica, los buenos ganan, sufren y aprenden, recuperan lo perdido siendo mejores, más sabios, más valientes. El mundo tiene, después de todo, un sentido. Eso es lo que nos gusta y lo que deseamos encontrar. Y eso es así, al menos durante un tiempo.

Ya se que, para muchos, los libros forman un refugio frente a lo que nos pasa todos los días, un refugio donde al menos es posible encontrar finales felices. Pero también en los libros encontramos oscuridad, personas buenas que se vuelven malas, finales terribles. ¿Hay que pasar por ellos? Me temo que sí por que, a fin de cuentas, los libros son nuestras creaciones, y de la misma forma que nos proporcionan felicidad pueden traernos lucidez. Y así imagino yo a muchos libros, como luces en las sombras que nos rodean, luces dolorosas en las que nos apoyamos para escapar pero que también nos permiten ver lo que somos y dónde nos encontramos. Y ver, y vernos, es un ejercicio donde en muy pocas ocasiones se alcanza un final feliz.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Ojos de lector

Conforme me hago mayor, tiendo a ser más impaciente a la hora de leer. En consecuencia, crece el número de libros que no acabo. Y eso que no terminar un libro me sienta fatal, ya que imagino que esa es la mayor traición que se le puede hacer. ¿por qué no se acaba un libro? ¿Quién o qué falla? Cada lector puede aportar sus respuestas. En mi caso, la impaciencia se debe a un choque de expectativas, lo que espero del libro no llega y, aunque se deja siempre un margen de confianza, el número de páginas que conforma ese margen es cada vez menor.

Al hacernos lectores más expertos, más adultos, nuestra forma de enfrentarnos a los libros, nuestra forma de leer, cambia. Perdemos la inocencia lectora a cambio de una cada vez mayor experiencia. Nuestros ojos entonces adquieren gustos, manias, creen reconocer los trucos de aquellos libros que consideramos malos, los ven venir, e incluso se erigen en jueces. No tenemos demasiado tiempo, así que nos fiamos de su criterio.

Claro que, a veces, los libros nos sorprenden. Por eso me sienta tan mal dejar un libro sin terminar de leer, siempre pienso que hay algo, justo al pasar la página, que me puede dejar asombrado. Y siempre me acuerdo de Santuario, de William Faulkner.

Hace ya algunos años de esta historia. Compré Santuario en una edición de Círculo de lectores por que Faulkner me habían intrigado en un libro de relatos editado por Alianza que se llama Gambito de caballo. Empecé a leer con entusiasmo, y aunque yo era y soy un lector desesperadamente lento, aquella novela me parecía un poquito dura. El argumento es un culebrón de violencia y sexo digno de cualquier escritor de novela negra pasado de rosca, pero la dureza estaba en el estilo de Faulkner, denso, muy denso, pensaba, de tal manera que me costaba horrores pasar cada página, avanzaba penosamente y no tenía nada claro que aquella historia me llevara a algún sitio. Con mis ojos lectores de ahora, puede que hubiera abandonado Santuario al poco tiempo. Pero aquel verano seguí adelante. Y no recuerdo en que página sucedió pero el caso es que de repente el libro me atrapó completamente. Y aunque la historia se volvía cada vez más terrible, no me importaba por que estaba absolutamente deslumbrado, y así seguí hasta la última página que crucé veloz unos días más tarde.

A veces echo de menos esa perseverancia lectora, esa inocencia que yo ya creo irrecuperable. Por eso pienso que algún que otro Santuario se ha quedado en el limbo de los libros no acabados por culpa de mi impaciencia. Y desde la estantería me mira sabiendo que he cometido un error, puede incluso que un error gravísimo.

sábado, 27 de octubre de 2007

El sistema periodico


Pocas veces he encontrado libros que sean capaces de combinar el rigor de la discusión científica sobre un tema concreto junto con la belleza de la creación literaria. Son reglas distintas las que juegan en estos campos, la creación pura y la discusión clara y precisa para plantear y resolver problemas científicos. Pero a veces encuentras algo en un punto intermedio entre esos dos extremos, algo que posee belleza, rigor, una extraña comprensión.

Todo esto, junto con una visión del dolor y de las tragedias cotidianas y muchas cosas más se esconden en El sistema periódico, libro de Primo Levi editado por El Aleph. Levi, además de escritor fue químico, judio y superviviente de Auschwitz (historia ésta que contó en Si esto es un hombre) y además trabajó buena parte de su vida al frente de una fábrica de pinturas. En El sistema periódico, Levi repasa en un anecdotario-crónica, aspectos de su vida a la luz de su amor por la Química. Así, con el nombre de diferentes elementos nos encontramos engarzados historias de química, historias de Primo Levi, y la historia de su siglo y de sus terribles movimientos. También están presentes la fantasía y la creación, los recuerdos terribles y el paso del tiempo, las dificultades para abrirse paso en un mundo recién salido de la barbarie, enigmas planteados por la materia y sus trampas, el peso del dolor, lo infinito de la naturaleza humana y sus luces y sombras.

Un libro extraño, precioso, no un tratado de Química (aunque creo que debería de ser leído por los químicos), una suma de trozos de vida, que comienza con los gases nobles y recuerdos de los antepasados de Levi y su particular lenguaje y acaba con el carbono y una descripción magnífica de las raíces de la vida.

domingo, 21 de octubre de 2007

Azotea


A veces tiendo la ropa en la azotea del edificio en el que vivo, a una altura de doce pisos. Las azoteas son lugares raros, apenas visitados por el resto de vecinos, y desde los que puedes mirar a la ciudad a tu alrededor con una perspectiva también rara. En mi caso, se ve todo el centro de la ciudad y la mayoría de los edificios de alrededor son más bajos, con lo que puedes ejercer de voyeur de forma gratuita, y así contemplar a la gente en la distancia íntima, cosa ésta que, al menos a mí, me produce un súbito pudor que me lleva a terminar ese ejercicio voyeuristico rápidamente. Prefiero los edificios, las líneas quebradas que se amontonan hasta convertirse en un fondo azulado o gris, tan lejos como lo están las montañas.

Esta mañana la luz era blanda y algo fria, y la ciudad tenía ese aspecto enojado que tenemos la mayoría cuando llueve y sabemos que el invierno está a punto de empezar. Pero la azotea es rara, como ya he dicho, y a pesar de esa luz a medio hacer, me he quedado mirando los edificios y el vuelo corto y un poco roto de unas camisas tendidas en otra azotea próxima. No se por qué.

domingo, 7 de octubre de 2007

Homenaje a Jack Skellington


Fui a ver Pesadilla antes de Navidad al poco de que se estrenara en España. La verdad es que no pude convencer a nadie para que se viniera conmigo a ver esta peli de "dibujos animados", que además venía bajo el paraguas de Disney. Y es que esto de que te gusten las pelis de dibujos o de animación, como se dice ahora, no es que tenga demasiado buen ver si tienes mas de doce años (yo tengo alguno más), salvo que sean japonesas o coreanas. El caso es que el cine estaba lleno de niños con papás y mamás que, claro, no sabían, como yo mismo ignoraba, la que se nos venía encima. Yo estaba entusiasmando con Tim Burton y también con Danny Elfman, y el hecho de que se uniera para esta peli, que se vendía como musical con un tema un tanto extravagante, a mi me intrigaba mucho. Además, antes de la peli, proyectaron un corto de Burton, Frankenwinnie, sobre un niño que pierde a su perro al que resucita, cual doctor Frankenstein, con consecuencias imprevisibles. A mi ya me encantó aquel corto en blanco y negro donde Burton hace una mezcla maravillosa entre lo infantil y lo macabro, pero es que cuando comenzó Pesadilla antes de Navidad, me quedé asombrado. Muchos niños no aguantaron hasta el final de aquel delirio tenebroso y feliz pero yo no pude despegarme de la pantalla hasta el últimisimo de los créditos y salí del cine preso de una admiración que todavía dura.
No voy a contar los detalles de la historia de Jack Skellington pero sí diré que esta historia nació a contracorriente, y creo que nadie en Disney sabia muy bien lo que queria hacer el tipo de los pelos raros, pero pasado ya un tiempo, ésta película se ha convertido en una de esas joyas desconcertantes que aparecen muy de vez en cuando.
La fama de la peli creció, sí, pero más lo hizo la popularidad de Jack Skellington, al que hoy se puede ver en camisetas, bolsitos, bolis, posters, y demás merchandisings que surgieron. El propio Jack llegó a aprecer en un videojuego (Kingdom Hearts) junto a otros personajes de Disney (!¡), y la imagen de su calavera burlona es conocida hoy en todas partes.
Yo me quedé enganchado a su voz cantarina (en realidad la de Danny Elfman en la versión original), y a su historia (muy transgresora, incluso para los standares de Disney), y he escrito este post como pequeño homenaje a su figura, que desde hace unos días me saluda desde una estantería en forma de muñeco, gracias a que Clara me lo regaló para mi cumpleaños.
Es inevitable pensar en Jack cuando Halloween se acerca por que, a fin de cuentas, él es el rey de las calabazas, el representante más certero de lo que significa esta fiesta tan americana y que hemos adoptado como hacemos con casi todo lo que viene de los USA. Pero en el caso de Jack, creo que ese triunfo es merecido. Es muy dificil no encariñarse de este personaje siniestro, sí, pero extrañamente entrañable, como ya le sudecía a otro hijo de Burton, Eduardo Manostijeras, aunque Jack no tiene ese aire trágico, con él nos lo pasamos francamente bien, y el ver su figura finisima y gris saludando desde la estantería siempre me pone de buen humor.
Asi pues, saludemos de nuevo al bueno de Jack Skellington y recordémosle que, de aquí a nada, volverá a reinar en la noche de Halloween.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Héroes, Antihéroes y Gente de Mal Vivir


¿Dónde quedan en las historias de hoy los héroes? Los tipos de una pieza, de un blanco nuclear, íntegros, capaces de todo por defender lo bueno y honorable, ... Sin duda deben de estar tomándose un descanso prolongado. Y de paso, a nosotros también nos hacen descansar. Y es que, a estas alturas del partido, sabemos todos muy bien que esos tipos son carne de psicópata, incapaces de entender que los matices, a partir de cierto momento en nuestras vidas, lo son todo. Los héroes han quedado en la cuneta o se han reconvertido en fanáticos defensores de causas que nos asustan cada día más. A pesar de la querencia que hay por estas figuras en determinados lugares (Idaho, por ejemplo, o también Ohio, o mucho del cine Hollywoodiense), en literatura se estila más el gris, personas que se ven forzadas a decidir en situaciones que les superan y que, ay madre, !pueden equivocarse y hasta fallar en sus cometidos! Estos héroes de segunda nos suelen poner un poquito de los nervios por que, a diferencia del héroe clásico, que ni se despeina en sus diferentes cometidos heroicos, no tenemos muy claro si van a lograr alguna cosa o simplemente se la van a pegar.
Quizá por eso llegamos a interesarnos incluso por el reverso tenebroso del héroe, que no es el villano (éste tiene la actitud del héroe pero prefiere luchar por otras cosillas), sino el antiheróe, mucho más versátil y con el que nos encariñamos más por que, aunque sea un cabronazo, casi siempre suele hacer algo que lo redime ante nuestros ojos, al menos en parte.
Incluso, podemos llegar a entender a aquellos que, ante esas situaciones difíciles, sencillamente no hacen nada de nada. ¿Cómo calificar a éstos? De tibios, de cobardicas, de pringaos... ¿O simplemente hacen (o no hacen) como hariamos (o no hariamos) nosotros mismos?
De todo esto he estado pensado despues de ver una peli alemana, La vida de los otros, y de leer El natural desorden de las cosas, de Andrea Canobbio.
En La vida de los otros, asistimos a una descripción de la vida en la Alemania del Este antes de que cayera el muro y seguimos a un personaje, un agente de la Stasi, profesional y firme creyente de las bondades del estado, un héroe, para entendernos, que comienza a descubrir los matices de la vida cuando comienza a espiar a un dramaturgo y a su pareja. La transformación de este personaje, desde su dureza y antipatia inicial hasta la dolorosa comprensión de cómo son los demás en un clima tan asfixiante como el de un estado totalitario es tan suave que no puede ser percibida con claridad, solo sentida y apreciada como verdadera. A mi me encantó esta historia de personas que dejan de ser héroes y se convierten en criaturas dolorosas.
Otro tipo de viaje es el que se cuenta en El natural desorden de las cosas (Andrea Canobbio, Salamandra), novela donde el prota es un tipo más bién pasivo. Apenas hace gran cosa, apenas habla, existe casi por hábito. Le suceden cosas que podrían convertirlo, en otras circunstancias, en una especie de Phillip Marlowe a la italiana. Pero esta no es solo una historia policiaca. Es muchas cosas, y sobre todo, una historia sobre el peso del pasado en lo que somos (y probablemente seremos), y sobre el desorden de nuestras vidas, donde continuas carambolas del azar nos ponen en situaciones extrañas, dolorosas, felices, ... El protagonista de esta historia no encaja en las categorias de héroe o antihéroe, más bien es de nuevo una persona/personaje que ni siquiera parece intentar cambiar, aunque los hechos le indiquen lo contrario.

En fin, dos buenas opciones para los que busquen más sombras que luces, o lo que es lo mismo, para los amantes de los matices.

viernes, 21 de septiembre de 2007

El ¿último? mohicano


La música para cine tiene una ventaja fundamental: la mayor sala de conciertos del mundo, es decir, aquellas salas de cine donde la peli correspondiente se estrena. Así, ocurre a veces que determinados temas se hacen tan famosos como la propia película a la que acompañan y pasan a ser parte de la cultura común. Todo el mundo conoce algunas de estas músicas y, aunque no sepamos quién es John Williams es más que probable que podamos reconocer y tararear sus músicas para Star Wars, Superman, E. T., Indiana Jones,... El músico de cine es entonces mundialmente famoso y normalmente desconocido. Todos conocen la sintonía de Los Simpson pero no tantos saben que se debe a Danny Elfman.
Además, estas músicas acaban sonando en todas partes, ya sea por causa de la publicidad, por que forman parte de recopilaciones del tipo Música maravillosa para gente maravillosa o Sintethizer Hits (tan normales en su tienda de discos hace mucho, mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana), o cualquiera sabe por qué. Y puede que a uno hasta le gustaran inicialmente, pero la sucesiva re-creación, o versión, o inspiración, o copia barata o lo que toque ese día hace que, al final, de tanto oirlas, acabemos tomándoles una manía horrorosa.
El último caso de este no tan extraño comportamiento me sucedió el pasado fin de semana en el Oceanografic de Valencia, en el que al pasear entre tanque y tanque de peces sonaba sin cesar el tema "The Kiss", compuesto por Trevor Jones para la película de Michael Mann El último mohicano. El tema es precioso, con un espíritu épico y romántico (muy relacionado con que el violín que aparece en el mismo esté tocado por Alisdair Fraser), pero es que ya me pone un poco de los nervios haberlo oido en miles de sitios, normalmente relacionados con animales (zoológicos, acuarios, consultas varias), y en miles de versiones distintas, a cual más terrorífica. Carne de hilo musical a su pesar, esta pieza fue repetida así como quince veces en dos horas, seguida de cerca por otro clásico de estas situaciones, John Barry y su música para Bailando con Lobos. Casi toda la gente que reconocía el tema, decía algo parecido a ¿no es esa la música de la peli de indios? Sí, tenían razón, pero a mí me pone un poco de los nervios ese machaque con el pobre Trevor Jones. No se me ocurrió protesta alguna pero, como daño colateral, no creo que vuelva a oir esta música durante un tiempo por que, si lo hago, comenzaré a pensar en belugas y tiburones con los cuales, el último mohicano estaría, como mínimo, muy sorprendido.