domingo, 21 de octubre de 2007

Azotea


A veces tiendo la ropa en la azotea del edificio en el que vivo, a una altura de doce pisos. Las azoteas son lugares raros, apenas visitados por el resto de vecinos, y desde los que puedes mirar a la ciudad a tu alrededor con una perspectiva también rara. En mi caso, se ve todo el centro de la ciudad y la mayoría de los edificios de alrededor son más bajos, con lo que puedes ejercer de voyeur de forma gratuita, y así contemplar a la gente en la distancia íntima, cosa ésta que, al menos a mí, me produce un súbito pudor que me lleva a terminar ese ejercicio voyeuristico rápidamente. Prefiero los edificios, las líneas quebradas que se amontonan hasta convertirse en un fondo azulado o gris, tan lejos como lo están las montañas.

Esta mañana la luz era blanda y algo fria, y la ciudad tenía ese aspecto enojado que tenemos la mayoría cuando llueve y sabemos que el invierno está a punto de empezar. Pero la azotea es rara, como ya he dicho, y a pesar de esa luz a medio hacer, me he quedado mirando los edificios y el vuelo corto y un poco roto de unas camisas tendidas en otra azotea próxima. No se por qué.

domingo, 7 de octubre de 2007

Homenaje a Jack Skellington


Fui a ver Pesadilla antes de Navidad al poco de que se estrenara en España. La verdad es que no pude convencer a nadie para que se viniera conmigo a ver esta peli de "dibujos animados", que además venía bajo el paraguas de Disney. Y es que esto de que te gusten las pelis de dibujos o de animación, como se dice ahora, no es que tenga demasiado buen ver si tienes mas de doce años (yo tengo alguno más), salvo que sean japonesas o coreanas. El caso es que el cine estaba lleno de niños con papás y mamás que, claro, no sabían, como yo mismo ignoraba, la que se nos venía encima. Yo estaba entusiasmando con Tim Burton y también con Danny Elfman, y el hecho de que se uniera para esta peli, que se vendía como musical con un tema un tanto extravagante, a mi me intrigaba mucho. Además, antes de la peli, proyectaron un corto de Burton, Frankenwinnie, sobre un niño que pierde a su perro al que resucita, cual doctor Frankenstein, con consecuencias imprevisibles. A mi ya me encantó aquel corto en blanco y negro donde Burton hace una mezcla maravillosa entre lo infantil y lo macabro, pero es que cuando comenzó Pesadilla antes de Navidad, me quedé asombrado. Muchos niños no aguantaron hasta el final de aquel delirio tenebroso y feliz pero yo no pude despegarme de la pantalla hasta el últimisimo de los créditos y salí del cine preso de una admiración que todavía dura.
No voy a contar los detalles de la historia de Jack Skellington pero sí diré que esta historia nació a contracorriente, y creo que nadie en Disney sabia muy bien lo que queria hacer el tipo de los pelos raros, pero pasado ya un tiempo, ésta película se ha convertido en una de esas joyas desconcertantes que aparecen muy de vez en cuando.
La fama de la peli creció, sí, pero más lo hizo la popularidad de Jack Skellington, al que hoy se puede ver en camisetas, bolsitos, bolis, posters, y demás merchandisings que surgieron. El propio Jack llegó a aprecer en un videojuego (Kingdom Hearts) junto a otros personajes de Disney (!¡), y la imagen de su calavera burlona es conocida hoy en todas partes.
Yo me quedé enganchado a su voz cantarina (en realidad la de Danny Elfman en la versión original), y a su historia (muy transgresora, incluso para los standares de Disney), y he escrito este post como pequeño homenaje a su figura, que desde hace unos días me saluda desde una estantería en forma de muñeco, gracias a que Clara me lo regaló para mi cumpleaños.
Es inevitable pensar en Jack cuando Halloween se acerca por que, a fin de cuentas, él es el rey de las calabazas, el representante más certero de lo que significa esta fiesta tan americana y que hemos adoptado como hacemos con casi todo lo que viene de los USA. Pero en el caso de Jack, creo que ese triunfo es merecido. Es muy dificil no encariñarse de este personaje siniestro, sí, pero extrañamente entrañable, como ya le sudecía a otro hijo de Burton, Eduardo Manostijeras, aunque Jack no tiene ese aire trágico, con él nos lo pasamos francamente bien, y el ver su figura finisima y gris saludando desde la estantería siempre me pone de buen humor.
Asi pues, saludemos de nuevo al bueno de Jack Skellington y recordémosle que, de aquí a nada, volverá a reinar en la noche de Halloween.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Héroes, Antihéroes y Gente de Mal Vivir


¿Dónde quedan en las historias de hoy los héroes? Los tipos de una pieza, de un blanco nuclear, íntegros, capaces de todo por defender lo bueno y honorable, ... Sin duda deben de estar tomándose un descanso prolongado. Y de paso, a nosotros también nos hacen descansar. Y es que, a estas alturas del partido, sabemos todos muy bien que esos tipos son carne de psicópata, incapaces de entender que los matices, a partir de cierto momento en nuestras vidas, lo son todo. Los héroes han quedado en la cuneta o se han reconvertido en fanáticos defensores de causas que nos asustan cada día más. A pesar de la querencia que hay por estas figuras en determinados lugares (Idaho, por ejemplo, o también Ohio, o mucho del cine Hollywoodiense), en literatura se estila más el gris, personas que se ven forzadas a decidir en situaciones que les superan y que, ay madre, !pueden equivocarse y hasta fallar en sus cometidos! Estos héroes de segunda nos suelen poner un poquito de los nervios por que, a diferencia del héroe clásico, que ni se despeina en sus diferentes cometidos heroicos, no tenemos muy claro si van a lograr alguna cosa o simplemente se la van a pegar.
Quizá por eso llegamos a interesarnos incluso por el reverso tenebroso del héroe, que no es el villano (éste tiene la actitud del héroe pero prefiere luchar por otras cosillas), sino el antiheróe, mucho más versátil y con el que nos encariñamos más por que, aunque sea un cabronazo, casi siempre suele hacer algo que lo redime ante nuestros ojos, al menos en parte.
Incluso, podemos llegar a entender a aquellos que, ante esas situaciones difíciles, sencillamente no hacen nada de nada. ¿Cómo calificar a éstos? De tibios, de cobardicas, de pringaos... ¿O simplemente hacen (o no hacen) como hariamos (o no hariamos) nosotros mismos?
De todo esto he estado pensado despues de ver una peli alemana, La vida de los otros, y de leer El natural desorden de las cosas, de Andrea Canobbio.
En La vida de los otros, asistimos a una descripción de la vida en la Alemania del Este antes de que cayera el muro y seguimos a un personaje, un agente de la Stasi, profesional y firme creyente de las bondades del estado, un héroe, para entendernos, que comienza a descubrir los matices de la vida cuando comienza a espiar a un dramaturgo y a su pareja. La transformación de este personaje, desde su dureza y antipatia inicial hasta la dolorosa comprensión de cómo son los demás en un clima tan asfixiante como el de un estado totalitario es tan suave que no puede ser percibida con claridad, solo sentida y apreciada como verdadera. A mi me encantó esta historia de personas que dejan de ser héroes y se convierten en criaturas dolorosas.
Otro tipo de viaje es el que se cuenta en El natural desorden de las cosas (Andrea Canobbio, Salamandra), novela donde el prota es un tipo más bién pasivo. Apenas hace gran cosa, apenas habla, existe casi por hábito. Le suceden cosas que podrían convertirlo, en otras circunstancias, en una especie de Phillip Marlowe a la italiana. Pero esta no es solo una historia policiaca. Es muchas cosas, y sobre todo, una historia sobre el peso del pasado en lo que somos (y probablemente seremos), y sobre el desorden de nuestras vidas, donde continuas carambolas del azar nos ponen en situaciones extrañas, dolorosas, felices, ... El protagonista de esta historia no encaja en las categorias de héroe o antihéroe, más bien es de nuevo una persona/personaje que ni siquiera parece intentar cambiar, aunque los hechos le indiquen lo contrario.

En fin, dos buenas opciones para los que busquen más sombras que luces, o lo que es lo mismo, para los amantes de los matices.

viernes, 21 de septiembre de 2007

El ¿último? mohicano


La música para cine tiene una ventaja fundamental: la mayor sala de conciertos del mundo, es decir, aquellas salas de cine donde la peli correspondiente se estrena. Así, ocurre a veces que determinados temas se hacen tan famosos como la propia película a la que acompañan y pasan a ser parte de la cultura común. Todo el mundo conoce algunas de estas músicas y, aunque no sepamos quién es John Williams es más que probable que podamos reconocer y tararear sus músicas para Star Wars, Superman, E. T., Indiana Jones,... El músico de cine es entonces mundialmente famoso y normalmente desconocido. Todos conocen la sintonía de Los Simpson pero no tantos saben que se debe a Danny Elfman.
Además, estas músicas acaban sonando en todas partes, ya sea por causa de la publicidad, por que forman parte de recopilaciones del tipo Música maravillosa para gente maravillosa o Sintethizer Hits (tan normales en su tienda de discos hace mucho, mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana), o cualquiera sabe por qué. Y puede que a uno hasta le gustaran inicialmente, pero la sucesiva re-creación, o versión, o inspiración, o copia barata o lo que toque ese día hace que, al final, de tanto oirlas, acabemos tomándoles una manía horrorosa.
El último caso de este no tan extraño comportamiento me sucedió el pasado fin de semana en el Oceanografic de Valencia, en el que al pasear entre tanque y tanque de peces sonaba sin cesar el tema "The Kiss", compuesto por Trevor Jones para la película de Michael Mann El último mohicano. El tema es precioso, con un espíritu épico y romántico (muy relacionado con que el violín que aparece en el mismo esté tocado por Alisdair Fraser), pero es que ya me pone un poco de los nervios haberlo oido en miles de sitios, normalmente relacionados con animales (zoológicos, acuarios, consultas varias), y en miles de versiones distintas, a cual más terrorífica. Carne de hilo musical a su pesar, esta pieza fue repetida así como quince veces en dos horas, seguida de cerca por otro clásico de estas situaciones, John Barry y su música para Bailando con Lobos. Casi toda la gente que reconocía el tema, decía algo parecido a ¿no es esa la música de la peli de indios? Sí, tenían razón, pero a mí me pone un poco de los nervios ese machaque con el pobre Trevor Jones. No se me ocurrió protesta alguna pero, como daño colateral, no creo que vuelva a oir esta música durante un tiempo por que, si lo hago, comenzaré a pensar en belugas y tiburones con los cuales, el último mohicano estaría, como mínimo, muy sorprendido.

viernes, 31 de agosto de 2007

Somos memoria (I)


¿Qué extraños caminos nos llevan a recordar acontecimientos de nuestra vida sucedidos hace muchos, muchos años, en lo que hoy parece una galaxia muy, muy lejana? ¿Y qué elementos disparan el recuerdo? ¿Por qué nos aferramos a unos recuerdos con tanta fuerza y otros momentos de nuestra vida se desvanecen sin dejar rastros claros? La memoria suscita estas y muchas otras preguntas de las cuales, para mí, la más terrorífica ha sido siempre: ¿aquello que recordamos fue real? Con el tiempo, me he convencido de que la respuesta a esa pregunta ha de ser negativa (con matices). Nuestra memoria crea, a partir de unos elementos mínimos, esos acontecimientos a los que nos dejamos llevar. No veo a la memoria como una perfecta base de datos donde se acumulan miles de detalles sino más bien como una especie de mapa del tesoro lleno de arrugas y costurones que nos hacen viajar a sitios la mar de raros a veces.
Este es uno de mis temas preferidos, los mecanismos del recuerdo, su peso y su densidad, lo que tiene de real y de chapuza inventada. Tema también tratado en multitud de libros, pelis, comics y lo que se quiera, parece que es una preocupación general que tiene muchas implicaciones ya que nuestra identidad está configurada en torno a nuestros recuerdos, somos memoria, como amargamente reflexionaban los replicantes de Blade Runner al descubrir que sus recuerdos no eran tales.
Acabo de terminar un libro de Eric Kandel, En busca de la memoria (Editorial Katz), en el cual este Premio Nobel de medicina repasa tanto su historia personal como la profesional. Kandel, austriaco y judío, vive de primera mano los estragos del nazismo en Austria y huye con su familia a Estados Unidos donde tiene una brillante trayectoria en neurología, guiado por su interés por la comprensión de los mecanismos mentales y, en especial, por los misterios de la memoria. Su libro es muy interesante por lo que tiene tanto de ejercicio de memoria personal como por como explica, con gran claridad en la mayor parte de los casos, la historia de lo que él llama "la ciencia de la mente", comenzado por Santiago Ramón y Cajal y llegando a preguntarse por las bases celulares del psicoanálisis y qué es la conciencia.
Como introducción científica a los problemas de la memoria no está nada mal, aunque en algunos momentos puede llegar a ser un poco duro. Sin embargo, el tono del libro es claro y conciso, y avanzamos por los diferentes temas tratados con mucha amenidad.
Después de acabar el libro parece quedarme claro que la memoria es, pese a su complejidad, algo que tiene su raiz en nuestro cuerpo, es algo biológico. Ya se que no es nada poético pero para mí, extrañamente, resulta consolador.


viernes, 24 de agosto de 2007

Secuelas vs. Temporadas


Ir al cine se está convirtiendo ultimamente en un oficio duro. Este verano, salvando las maravillas animadas como Ratatouille o La película de los Simpsons, nos ha invadido la plaga de las secuelas. El quinto Harry Potter, el tercer Shrek, la nueva de los Cuatro Fantasticos, la última de la trilogía de Jason Bourne, ... Esto de las secuelas tiene indudables ventajas: conocemos la historia, los personajes, creemos saber más o menos de que va el tema y si nos gustaron los capítulos anteriores creemos que la cosa será más o menos igual con la nueva ración. A pesar de estas ventajas, por lo general, y salvo excepciones, las secuelas generan cansancio y un cierto hartazgo. El caso Potter es bastante claro, y aunque habrá fans del chaval a los que les encantará todo cuanto tenga que ver con él (pelis, libros, colecciones de cromos, miniaturas, ajedreces, escobas de porcelana), y las ventas de libros+entradas+refrescos no bajan, la sensación general es que el merchandising, que es más poderoso que el mismisimo Voldemort, va a acabar con nosotros. En el caso de Potter se cumple además otra sensación: a su condición de "fórmula" (o de receta) se le ven cada vez más las costuras (al menos en las pelis), y eso no ayuda a que disfrutemos más.
Sin embargo, en el caso de las series de televisión la cosa es diferente. De repente, con su nuevo auge (y su variedad), uno está deseando que lleguen las nuevas temporadas de, por decir algunas, House, Perdidos, Heroes, Prison Break, o la que se quiera. En estas series, más suele ser mejor, por que los respectivos protas no solo no lo han dicho todo sobre sí mismos sino que parece que se complican conforme avanzamos. Aquí parece que las fórmulas si funcionan. Frente a las dos horas de cine, los efectos especiales, el sonido Dolby o THX, las palomitas, las multisalas, la ceremonia de las luces que se apagan y los próximos estrenos, parece que triunfan los cuarenta minutos del capítulo semanal, el sofa de tu casa, los anuncios de detergentes y la ceremonia de la cita semanal, mismo día, misma hora.
¿Estamos cambiando de hábitos? Bueno, no se, pero al menos lo que te ofrecen es muy diferente. Y aunque hay series tontas y malas y películas de las que te dejan maravillado, parece que nuestros gustos se están decantando hacia lo casero.

martes, 21 de agosto de 2007

Oscuridad


Uno de los personajes de la última novela de António Lobo Antunes, "Ayer no te vi en Babilonia", afirma que lo que esta novela contiene puede leerse en la oscuridad. Y en cierta forma no le falta razón. La oscuridad juega en diferentes niveles en esta mezcla de historias. Hay oscuridad exterior ya que lo que se nos narra es una noche de insomnio de tres personajes: Ana Emilia, la única nombrada, una mujer obsesionada con la ausencia de su hija, un policía salazarista y una enfermera, un triangulo que se va ramificando hasta abarcar muchos otros rostros e historias. También hay oscuridad interior, pues lo que se nos cuenta es una especie de confesión o delirio, suma de momentos pasados que buscan tanto una comprensión que no llega como una especie de perdón. Los tres personajes avanzan a ciegas en estas oscuridades, se confunden (y nos confunden), sus relaciones son complejas, sus motivos difíciles, tropiezan con las palabras y los recuerdos, con la violencia terrible de sus vidas (una violencia que, aunque no es explícita, casi siempre está presente de un modo angustioso), el tiempo no existe para ellos ya que las horas que van pasando no son sino una mera referencia donde se despliegan todos los tiempos, los reales, los imaginados y los imposibles.
Como en todas las obras de Lobo Antunes, la voz narradora es dificil de indentificar. Además, conforme avanzamos, el propio autor nos da ideas sobre el proceso de su escritura, aparece en el texto con acotaciones sobre lo escrito, sobre quien es, sobre el proceso de las historias que va escribiendo. La voz miente, recrea, sueña, nos cuenta y se arrepiente, la voz se duele, nos duele con sus momentos pasados, busca, sobre todo busca si no entenderse, al menos un poco de paz que no sabemos si llega pues como siempre, amanece y las oscuridades de repente se hacen impenetrables.
Sobre el argumento, mejor no decir gran cosa. La trama no es relevante (al menos no de forma decisiva), en esta novela. Sobre la prosa, que es bellísima, llena de imágenes fulgurantes y de momentos espléndidos. Sobre este libro, que es un laberinto donde perderse es al mismo tiempo terrible y hermoso.