sábado, 14 de julio de 2007

Ennio Morricone en Lorca



Me confieso como Morriconiano desde hace mucho tiempo, quizá desde que salí de ver La misión con el shock puesto de haber escuchado unas melodías de gran belleza nacidas del maestro Morricone, ese señor con gafas de carey, cara de perpetuo enfado y malas pulgas, que sin embargo ha compuesto tantas (y tan bellas) músicas para tantas películas que no creo que haya hoy dia un compositor tan prolífico y de tan estupenda creatividad. Mi relación con el maestro daría para una serie tan larga (y rollete) como la de Auster pero no voy a llegar a tanto (por ahora ...). Solo quería contar que ayer asistí a un prodigio de esos que ocurren tan rara vez que marcan a fuego la memoria. El prodigio consistió en ver a Morricone dirigiendo a la orquesta y coro de RTVE en Lorca.


El repertorio era de ganador seguro, incluir temas de los Westerns de Sergio Leone, una suite de Erase una vez en América y terminar con La misión es como para derretir al infiel más recalcitrante pero no hizo falta. El público, en su gran mayoría, estaba rendido al maestro antes de comenzar y el solo hecho de verlo salir para dirigirse al atril antes de sonar ni una nota me produjo un vuelco en el corazón. Sin llegar a niveles de frikismo total (recuerdo a un chaval con cara de no se qué y una camiseta con el poster de Frenético estampado que pensé iba a disparar a Morricone si no sonaba la música de esta peli), la verdad es que tengo no se cuantos discos de sus soundtracks, no se cuantos conciertos, en fin, que soy morriconiano hasta la médula, y esa noche era como una especie de sueño.

El concierto fue magnífico, la orquesta y el coro cumplieron con creces y, aunque el sonido dejó algo que desear y desde el principio pensé que la plaza de toros de Lorca no era el mejor de los escenarios, nada importó demasiado por que las piezas se sucedían y las músicas eran todas magníficas. Todos aplaudiamos a rabiar, gritando bravos al maestro tras cada bloque y pidiendo que aquel concierto siguiera y siguiera.

Al final, tras dos bises, con el maestro que había entrado y salido de la tarima-escenario no se cuantas veces con pasitos cortos, con las luces encendidas y con la orquesta saliendo en tropel, de repente, la locura. De no se donde, el maestro sale y se arranca al piano las primeras notas del tema de amor de Cinema Paradiso. Durante un segundo, todo el público entra en shock, la gente no sabe si salir, moverse, entrar, escuchar, o qué, la pieza avanza, con timidez, como si sonara por primera vez aunque todos los presentes la conocíamos y la amábamos, se crea un momento extraño, frágil, raro, mágico, que acaba de repente con Morricone saliendo disparado, como si fuera un niño pillado en una travesura que escapa ante la posible reprimenda. ¿Que había pasado? No lo sé, pero la clase de emoción que surgió en aquellos segundos tiene mucho de irrepetible. El maestro, además de gruñón, es humano, se conmueve, nos conmueve. Parpadeamos de nuevo, despertamos, y comenzamos a salir.

En fin, que aquel concierto fue una fiesta y así lo disfrutamos algunos, aunque por aquello de ser como somos, a alguien se le ocurrió poner una barra en la arena de la plaza que servía copas antes y durante el concierto (recuerdo ver pasar los minis de cerveza entre las primeras filas mientras sonaba una pieza de gran dureza de Ricardo III y pesar que esa imagen era como una alucinación). Además, a más de uno se le ocurrió que había ido al cine de verano más que a un concierto en toda regla, y claro, en ese plan se pasó (y nos dió) la noche.

Maravillosa, pese a todo, esta ocasión de estar cerca y escuchar las músicas del Maestro Morricone.

lunes, 9 de julio de 2007

¿Quien vigila a los vigilantes?


Reconozco que mi acercamiento a Watchmen, el comic de Alan Moore y Dave Gibbons ha sido un poco oblicuo. No soy lector habitual de comics y el caso de Watchmen tiene que ver, al menos al principio, con el hecho de que esta historia parecía destinada a ser llevada al cine casi desde la publicación del comic a finales de los 1980's y pasó por un tenebroso quiero y no puedo de guiones, adaptaciones, cambios de director, sueño de los justos, y vuelta a empezar, durante no se cuanto tiempo. Cuando el proyecto de esta peli imposible se vinculó al nombre de Terry Gilliam, empecé a buscar información sobre la historia. Todo lo que encontré eran alabanzas al comic pero éste se encontraba descatalogado y no podía llegar más lejos. Seguí buscándolo en tiendas de segunda mano y nada, y al final lo encontré en la Biblioteca Regional, lo empecé apenas, me resultó curioso, me dije que tenía que leerlo y poco más.
Hace poco surgen noticias de que parece que la peli va finalmente adelante. Esto se lo debemos, entre otros, a un tal Zack Snyder que ha re-adaptado a George A. Romero y su Amanecer de los muertos, y luego se hace universalmente famoso con una peli ¡sobre un comic! En este caso 300, de Frank Miller. Bueno, la peli va para adelante, yo he leido y me he quedado enganchado a V de Vendetta, también de Moore, y Planeta re-edita Watchmen a la espera de que se venda como rosquillas como hizo 300.
Todo esto es el antes. Ya tengo el comic. Ya lo he leido. Y vaya comic. Moore crea una historia paralela de Estados Unidos donde existen héroes enmascarados inspirados por, precisamente, los superhéroes de los comics. Pero aquí los héroes tienen poco de súper y si de humanos (para ser un comic de superhérores solo hay uno de ellos, mientras que el resto personajes tienen múltiples contradicciones, son en algunos casos amorales, en otros violentos, y todos ellos convulsos), donde la violencia es el motor de todas las emociones y de todas las acciones, donde el miedo y la paranoia alcanzan niveles dolorosos y donde forma y fondo llegan a profundidades impresionantes. Hay tal cantidad de información, de juegos formales, de historias que se entremezclan, de significados, que la lectura te deja poco menos que exhausto. Además, la moral de unos y otros es tan retorcida como un dibujo de Escher, y de la misma forma que cuando uno contempla los grabados de este artista, nuestro punto de vista se ha de recolocar con frecuencia. Con personajes complejos, con una conclusión digna de pesadilla, algo rocambolesca, es verdad, pero a fin de cuentas efectiva, y con una visión negra (y llena de barras y estrellas) de Estados Unidos y su modo de ver las cosas, ésta es una de esas historias que te coge, te sacude y luego te pregunta si tienes algo que decir. Dividida en doce capítulos, algunos son sobrecogedores (como el dedicado al personaje Rorschach o el capítulo final), otros deslumbrantes (como el llamado El relojero), y todos con esa capacidad de fascinación que tienen muy pocas obras.

La historia acaba con la cita que encabeza este post, y da una idea de los interrogantes que se plantean Moore y Gibbons y que, entre otras muchas cosas, habla del poder y de decisiones que sería mejor no tener que tomar. Lo que da miedo, mucho miedo, es quién puede tomarlas y qué le lleva a ello.

martes, 26 de junio de 2007

Contar la realidad. Descubrir la realidad.


Siempre me ha gustado leer libros sobre ciencia. Esta afición tan rara tiene su explicación en el entusiasmo que me transmiten a veces los autores de los buenos libros sobre ciencia. Ese entusiasmo se basa en el vértigo que me producen éstos, en la sensación de descubrimiento o re-descubrimiento, en las puertas de curiosidad que nos abren como el que no quiere la cosa, y en la maravillosa sensación que transmiten de novedad: todo lo que nos rodea es de repente más nuevo, más extraño, más apasionante. Al contar la realidad, nos la descubren con otros ojos, nos transmiten las búsquedas y luchas de aquellos que bucean en las tripas de las cosas, la formación de sus ideas y los triunfos y fracasos de nuestros intentos por comprender lo que nos rodea. No hay muchos autores ni muchos libros que me hagan sentir de este modo. Recuerdo en primer lugar Caos, de James Gleick, hace ya unos años. Y poco después, algunos libros de Ilya Prigogine sobre su forma de entender la ciencia y el mundo (En especial La nueva alianza). No me pasó, extrañamente, con el Quijote de la divulgación científica (esto lo digo por que se supone que éste es el libro que todos tenemos en casa, que se supone que hemos leído y que nos encanta): La historia del tiempo de Stephen Hawking. Paradigma del best-seller de / sobre ciencia que promete mucho más de lo que da (esto son manías mías ya que prefiero entender lo que me rodea a los misterios del Universo, aunque quede un poco raro decirlo así).
Esta sensación de vértigo la he vuelto a tener al leer Un universo diferente, de Robert B. Laughlin, editado por katz. A pesar de una traducción que chirria un poco, las ideas que transmite este libro son tan buenas que uno se vuelve a su alrededor para comprobar que lo que nos rodea, aun siendo lo mismo de hace un rato, ya no se ve con los mismos ojos. El lenguaje está exento de tecnicismos y lleno de imágenes que ayudan a comprender muchos de los temas de los que habla. Como todos los libros de divulgación, con este uno se siente a veces muy listo (cuando cree que entiende perfectamente de lo que le están hablando) y a veces un burro sin solución (cuando cree que no entiende absolutamente nada de lo que le están hablando). En mi opinión ganan los buenos momentos y por ello recomiendo (vaya osadía, si ya nos cuesta leer, cuánto más un libro sobre ¡¡Física!!) este nuevo universo que, mira por donde, ha resultado ser el de siempre sólo que contemplado con nuevos y curiosos ojos.

sábado, 2 de junio de 2007

Expiación


Acabo de terminar Expiación, novela del inglés Ian McEwan que, entre otras muchas cosas, cuenta las dificultades de la propia redención. Hay novelas que yo clasificaría como morales, en el sentido de que en el centro de lo que nos cuentan se halla un problema precísamente moral. Sostiene Pereira, de Tabucci, se podría ceñir bien a este calificativo porque trata de cómo ese Pereira que da título a la historia tiene que tomar una decisión, y no cualquier decisión, no, sino una que se refiere a actos morales, aquello de diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal. En Expiación, este punto de partida va más lejos por que uno de los personajes principales comete "un crimen", como él mismo afirma, crimen que necesita purgar, expiar, y para ello se impone a sí mismo la búsqueda de un posible perdón a los actos cometidos. McEwan no nos lo pone fácil con la novela por que, aunque a primera vista pueda parecer una de esas historias como las de antes, incluso con ciertos toques de culebrón (muy a la inglesa, eso sí), le da a la historia una estructura un poco desconcertante, y nos regala una conclusión que, según el talante de cada cual, puede considerarse como esperanzadora o terrible. Creo que es en esa mezcla de posibilidades está lo mejor de esta historia, en unos personajes que tienen tantas sombras como luces y con los que uno (al menos yo), no sabe muy bien con qué carta quedarse.
En mi caso, me quedo con un poco de melancolía (será que hoy lo veo todo medio vacio), por que el consuelo que propone no escamotea los filos de la realidad. Aunque he de decir que en esta historia hay muchas más cosas, desde un (sarcástico) retrato del British way of life y de las extrañas costumbres de los ingleses, hasta pinceladas sobre la segunda guerra mundial (la carnicería de Dunkerke) y una reflexión muy interesante sobre la creación literaria y sus límites. Además, el uso de la voz narradora es estupendo, preguntándonos en más de una ocasión quién es aquel que nos cuenta lo narrado y por qué elige hacerlo como lo hace. Una voz que también tiene trampa aunque el descubrirla nos lleva a plantearnos el sentido de lo que se nos ha contado.

viernes, 25 de mayo de 2007

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais


Se cumplen ya veinticinco años de Blade Runner y, como suele ser normal en los aniversarios ultimamente, se va a aprovechar la ocasión para sacar una edición en DVD de superlujo con las no se cuantas versiones que hay de la película, la que quería el estudio, la que quería su director Ridley Scott, la que quiso pero no pudo rodar y que ahora quiere maquillar digitalmente a la manera de George Lucas con las tres primeras películas de Star Wars, y no se cuantas más. Dicen las malas lenguas que Scott está rodando (!!!) algunas escenas nuevas para un nuevo montaje de la peli por que está (todavía a dia de hoy) insatisfecho con como quedó la cosa. Yo, la verdad, me quedé deslumbrado cuando ví la pelicula originalmente hace ya unos años. Todo me pareció nuevo, extraño, la música de Vangelis, los efectos de Douglas Trumbull, la estética, la historia, ... Cuando se estrenó años más tarde lo que llaman la "versión del director" me quedé un poco igual. Eliminaron la omnipresente voz en off de la versión original y quisieron acentuar los aspectos más paranoicos del relato (que por algo se basa en una novela de Phillip K. Dick). Y ahora veremos lo mismo que nunca habíamos visto antes, una nueva Los Angeles 2019, nuevos viejos replicantes, todo nuevo pero creo que nada nuevo en el fondo por que esta historia tiene algo de clásico, y creo también que es de las pocas películas ambientadas en el futuro más o menos próximo que no ha envejecido. Mucho me temo que nuestro (pasado) mañana se acerca bastante a este cuento terrible donde los ogros y los príncipes son la misma cosa y donde todo se pierde, como ahora mismo, como lágrimas en la lluvia.

sábado, 19 de mayo de 2007

Lo que no se ve


Hay en Zodiac, la película de David Fincher, muchos momentos de los de pasarlo mal (la película es una especie de estudio sobre el miedo y la obsesión, entre otras muchas cosas, rodada de una manera muy setentera por alguien que tiene pinta de ser un paranoico). Claro, tenemos la historia de un asesino en serie del cual, durante la primera hora vemos sus crímenes en imágenes que asustan e incomodan, mucho más por como están rodadas (de una forma fria, aséptica y casi siempre con el punto de vista de la víctima) que por que sean más o menos truculentas. Pero hay una en especial donde lo que nos da miedo es, precisamente, lo que no se ve. Esos momentos en los que sabemos que algo terrible puede pasar y que, de repente, se convierten en una pantalla negra donde no vemos, nos pone en una tesitura extraña: ¿de verdad queremos ver? ¿O es que nuestra imaginación nos ha llevado allí donde nuestros ojos no han llegado?
El uso de esta ausencia no solo tiene efectos terrorificos, aunque es para causar miedo o inquietud donde más se usa. La mejor escena que yo recuerdo donde este "no ver" da más juego fue en una peli de dibujos, lo cual no deja de ser una osadía por que es precisamente en el cine de animación donde podemos ver cosas posibles e imposibles, donde nada se oculta normalmente. La peli es Monstruos S. A. y la escena es precisamente la última, por lo que me abstengo de comentar nada. Solo digo que eso que no vemos es precisamente lo que, en este caso, crea una emoción estupenda.
Y es que jugar con esa naturaleza mirona que parece que tenemos puede hacernoslo pasar muy bien (o muy mal) si se juega con maestría.

sábado, 12 de mayo de 2007

Viajes por Paul Auster III. ¡Creía que Auster era Dios!


A estas alturas (tercer rollete ya ...), parecerá que soy un fan obsesivo de Auster, de esos que tiene ABSOLUTAMENTE TODO lo que hay publicado de este escritor y que lee sus libros como si estudiara la cábala... Bueno, algo de eso hay pero tampoco hay que pasarse. Por que tras Leviatan yo tenía un poco la mosca en la oreja. Y esa mosca se transformó en frustración cuando leí Mr. Vértigo.
Quizá fui yo, quizá la historia, lo cierto es que, para mí, Auster escribe de forma totalmente diferente al contar la vida del protagonista de esta historia. La intención del autor parece ser contar una historia verosímil, aunque lo contado sea increible (en este caso el nucleo de lo contado es la posibilidad de que un hombre vuele). Pero éste no era mi autor, o al menos no el que yo esperaba. ¿Dónde estaban las ideas, dónde el juego con las estructuras narrativas? No hay nada de eso en Mr. Vértigo. Hay otras cosas y muy bien contadas pero, yo quería al contador de ideas y me había encontrado con el contador de historias. Este chasco se prolongó con Tombuctú, novela que tiene el mismo espíritu, contar algo que parece muy dificil de contar, en este caso la vida de un perro (Mister Bones), contada por él mismo. Además, en esta novela hay dos partes muy diferentes y algo desequilibradas, lo cual no ayuda mucho. Y yo, tras leerla, seguía un poco huerfano del escritor que me había deslumbrado.
Y por si fuera poco, en estos años, Auster comenzó a hacerse muy muy famoso. Primero por la adaptación que hizo de un relato corto suyo (Las navidades de Auggie Wren) el director Wayne Wang y que dió lugar a una película llamada Smoke (película que tiene una hermana menor, Blue in the face, dirigida entre Auster y Wang y mezcla de improvisación y mil cosas más). Esta peli tuvo un gran éxito en su momento y curiosamente contiene mucho del Paul Auster que me gustaba, con multitud de apuntes autobiográficos (no por nada la historia transcurre en Brooklyn, el barrio donde vive el autor) e ideas que luego aparecerían en algunos de sus futuros libros. Anagrama publicó los guiones de las dos películas y a partir de ahí publicó todo lo publicable: desde algunos de sus poemas, pequeños ensayos, recopilaciones de artículos, una colección de relatos coordinada por Auster, el guión de su segunda peli, ...
El nombre de Auster sonaba cada vez más, este hombre hacía cada vez más cosas y, para mi pequeña frustración, yo pensaba que no iba a volver a encontrarlo como lector. Pero bueno, cambian los autores y cambian los lectores. No podía esperar que Auster siempre escribiera de la misma forma.
Por suerte, llegó El libro de las ilusiones. Y creo que entonces empecé a entender.